Todos los días sin falta, a las 5:30 de la mañana, Lupe se levantaba con un amargo sabor a café de olla en la boca. Era su cena del día anterior, junto con una rebanada de pan dulce. Esa mañana la lluvia golpeaba en el techo de lámina del pequeño jacalito donde vivía con su hija de seis años, no tenía ganas de levantarse pero sabía que lo debía hacer. Durante la siguiente hora peinó sus largas trenzas de manera metódica, casi robótica, mientras su niñita dormía plácidamente a un costado suyo. Al ver que no había más café en la olla, supo que no tenía ya nada en la bolsita para preparar un poco más y despabilarse en el "desayuno".
Finalmente, levantó a su pequeña niña, la envolvió en un gastado sarape y se la llevó a cuestas; su cuerpo era frágil pero su voluntad no, pensaba que avanzar un día más le podría dar una razón para vivir a las dos.
En la redacción del periódico el ritmo era frenético. Cientos de manos ordenaban las ediciones del día, Lupe recibió tarde su paquete de ejemplares porque no quería hacer ruido para despertar a la niña que traía a cuestas y por eso los voceadores más abusados le ganaban el lugar. Finalmente, el sustento diario: Dos paquetes con 50 ediciones cada uno.
Al ordenar los paquetes, una noticia destacaba en la página principal, hablaba de que los índices de pobreza y analfabetismo iban en picada. Ella, al no saber leer, parecía ignorante de esta situación y continuaba su tarea mecánica, no entendía cómo había gente que podía tomarse el tiempo para leer, si ella nunca conoció la forma en la que se acomodaban las letras del idioma español.
Finalmente hizo dos nudos en sus paquetes de ediciones y emprendió el viaje por el centro de Zacatecas.
El ritmo de esa mañana lluviosa era habitual para quien se acostumbra al tráfico. El cerro de la Bufa parecía una masa neblinosa y el frío calaba los huesos, pero para Lupe y su niña era normal porque nunca usaban chamarra, sólo la misma ropa, todos los días: Un vestido de tela similar al de las indígenas chiapanecas. Ella lo compró en una feria, donde a su hija le compró tres pequeñas blusas con dibujos de mala calidad alusivos a Bob Esponja.
La niñita despertó de su letargo en el hombro de su madre. Comenzó a toser copiosamente, emitiendo un ruido que despertó preocupación en Lupe, quien olvidó cobrarle el cambio al automovilista abusivo que aprovechó esta distracción para emprender la huida.
-"Ya hija, ya pasará, te voy a llevar con el doctor, ¿Qué anda mal?", le susurraba al oído.
Al ver que la situación no mejoraba un par de horas después, Lupe postergó la venta de los periódicos para tomar un autobús al hospital más cercano. Eso le afectaría porque vivían al día, el no vender la edición de El Zacatecano ese día significaría varias penurias para ponerse al corriente en su situación económica, tener para el transporte público y comprar lo menos de comida posible.
Sin embargo, llegó a la clínica del Seguro Social en la periferia de la ciudad, donde tuvo que hacer espera en una sala con mucha gente que compartía con ella sus rostros de preocupación, cada uno por un motivo diferente.
Frente a ella había una señora que tenía el rostro lleno de pústulas, quien había llevado a su abuelo a causa de un infarto cerebral y esperaba impacientemente un resultado que más tarde sabía que sería inminente.
A un lado de ella, un señor con aliento alcohólico, que a fuerzas llegó a ese lugar porque fue arrojado en un taxi por el propietario de la cantina donde se encontraba bebiendo durante 12 horas continuas; su congestión llegaba a tal grado que sólo podía mascullar unas cuantas palabras pero como no se consideraba algo grave, las autoridades médicas decidieron dejarlo ahí para evaluar su estado mientras atendían casos más prioritarios.
Lupe seguía esperando. Miraba el reloj, las 10:49 de la mañana. Sabía que volver a regresar a su punto de venta no era una opción, peor aún, pues cada voceador tenía que pagar una recuperación y tendría que gastar lo que le quedaba para regresar a casa.
Finalmente, el médico internista la atendió. Después de examinar a la pequeña, preguntó a la madre si sabía las complicaciones de una persona con asma. Ella lo ignoraba.
-"No va a estar bien porque no está en buenas condiciones. Se encuentra desnutrida y sus defensas son bajas, por lo cual debemos mandarla a observación", comentó el médico.
Lupe se rehusó a pasar la noche en el hospital y se regresó con su niña a pie hasta su casa ubicada en las afueras de Guadalupe. No quería dejarla ahí, sola, tampoco quería que un extraño la atendiera porque por su colonia habían robachicos, pensaba que en el hospital también habrían enfermeras disfrazadas de ladronas que abusarían de un descuido para vender sus órganos, como lo había visto hace días en la novela de las 4:00 de la tarde.
Esa noche estuvo terriblemente arrepentida de su decisión. Cada bramido que soltaba la pequeña era como un martillazo al corazón para ella, no pudo conciliar el sueño escuchando las dificultades para respirar de su niña.
-"Ya pequeñita, te vas a mejorar, corazón, mi vida, tú debes ser fuerte, como tu papito, él era fuerte, él nos defendió, dio su vida por nosotros, como el señor Jesucristo", le decía Lupe a su pequeñita en un tono conciliador.
Finalmente la niña respondió.
-"Mamita, me duele el pecho, no... puedo... res... pi... rar.... Duele... mu...cho...".
Esto detonó el sollozo desesperado de la madre, quien no sabía a quién acudir. Sus vecinos le generaban desconfianza, pues junto a su casa vendían cocaína, en otro hogar más vivía un alcohólico agresivo y violento, mientras que en la casa de enfrente habitaba un anciano amable, aunque poco le hubiera auxiliado pues no podía caminar.
Esa noche siguió lloviendo a raudales. La tos de la niña no cesaba y ya eran las 2:00 de la mañana. Recordó cómo se había llevado a la pequeña en sus brazos pese a las recomendaciones de los médicos e incluso un conato de enfrentamiento con el personal de seguridad, que terminó cuando los galenos ordenaron dejarla ir.
Esta vez, pensó, también vamos a salir adelante.
Su desesperación se volvió resignación cuando el agua de lluvia atravesó la lámina en un pequeño chorrito y mojó los ejemplares que debía devolver a la redacción, eran 95 periódicos y por eso ya sabía que tendría que pagar 100 pesos que ahora no tenía.
Pensó en no volver, buscar otra actividad o de plano pedir limosna.
Sin embargo sus pensamientos se acallaron cuando dejó de oir respirar a su hijita.
-"Marianela, despierta. No te duermas. No te vayas, debes ser fuerte, como tu papá, él te quería mucho, él nos defendió de los maleantes, murió por salvarnos. Pensé que no valía nada sin él, cuando lo mataron, te quería botar al río porque tenías un año y medio, no tenía la manera de ver por nosotras, no tenemos a nadie más en este mundo que a nosotras. No quiero que me abandones, no tú, mi rayito de esperanza, mi alegría de la vida. Si no es por tí, ¿qué me queda hacer en este mundo? No tengo a dónde ir, vivo para tí, para que algún día puedas salir de aquí y ser como la gente que vemos en la tele, ¿recuerdas ese día cuando compramos paletas cerca del zócalo? Vamos a comer más, sólo necesito que te mejores. Por Dios, Dios, ayúdame, no dejes que ella también se me vaya, sé que no he ido a verte a la iglesia y estás enojado conmigo pero no hagas eso, no con ella...", suplicaba entre sollozos.
-"Mamá... yo...", dijo antes de quedarse dormida para siempre. Eran las 12:59 de la madrugada cuando la pequeña había fallecido de una neumonía aguda mal diagnosticada e ignorada por su madre, por el miedo, por la indiferencia y la ignorancia pues ella siempre fue saludable. Sus papás murieron de cáncer cuando ella era joven. Su marido la conoció a los 13 años y unos 48 meses después, la desposó. Ahora, era joven, pero su último rayo de esperanza se había apagado.
Al día siguiente, el ritmo frenético en la redacción de El Zacatecano era igual que cada jueves. La gente no se volteaba a ver y pocos notaron la ausencia de Lupe, salvo el velador con miopía crónica y la cajera bien intencionada de avanzada edad que tenía muchos asuntos que atender esa mañana. Es por eso que no alcanzaron a razonar que la ausencia de ese día estaba relacionada con el encabezado que apareció en primera plana.
"Madre e Hija, Calcinadas en Incendio. Se Desconoce su Identidad".
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