Sunday, May 06, 2007

El Desfile y Ella.

Yo, de hecho, no quería ir a aquel desfile.

Hacía mucho frío y el aire soplaba mucho.

Pero no me opuse abiertamente y por eso creo que merecía estar ahí, haciendo fila, con un olor a perfume medio rancio delante y una plática indiscreta detrás.

De pronto los vi adentro y había reparado que no tenía boleto.

"Pinches culeros", pensé; se me adelantaron.

Pero bueno, ya no tendría que comprar mi boleto, porque ellos me ondeaban uno en la mano que presumiblemente era el mío.

Ahora bien, la barranca entre la zona de bienvienida y la zona pre-admisión era honda y como que hacer el pase bolita y aventarlo de un lado a otro era práctimente imposible/poco práctico.

En vez de buscar la solución fácil, nos fuimos a buscar el lugar que estuviera más estrecho, y que de ahí alguno de mis amigos se estirara para alcanzarme el boleto.

El problema fue que en el momento en el que estiré la mano para llegar al ticket, resbalé y bajé por la pendiente.

Cuando recobré el conocimiento, estaba al centro de la pista principal circo y me di cuenta que no había venido a un desfile, y que me encontraba rodeado de siete leones cachorros, todos ellos dormidos.

-"¡Momento, que son leonas!" -me gritaba un impertinente desde arriba, en las butacas-.

-"¡Cállate idiota, que las vas a despertar!" -susurraba alguien más-.

Mientras tanto, trataba de escabullirme entre las cachorras, sin despertarlas.

Sabía que al primer movimiento desataría una situación en la que yo no saldría favorecido; aunque a mi ventaja tenía el hecho de que no me lastimé de la caída salvo de un leve raspón en el codo.

Al pasar la cerca de acero sigilosamente, salí de la carpa del circo y crucé una gruta que me llevó hacia la playa. Ya sintiéndome más seguro, sentí que alguien me lanzó una mirada fuerte y tuve un poco de miedo de voltear.

Pero estos ojos verdes, felinos, no eran como los demás. Parecía que una cachorra había tomado vida y mágicamente se había convertido en una bella mujer.

Pensé, esas cosas no pasan, seamos realistas.

En cuanto ella me miró, me brindó el saludo más efusivo que había recibido de alguien en un buen rato. Sentí algo muy agradable. Ella me dijo que venía sólo para acompañar a su mamá y me ofrecieron unirme a ellas para ver el desfile, que estaba pasando por donde antes estaba la carpa.

Yo accedí a acompañarles, pues no encontraba por ningún lado a mis amigos y pensé que me habían dejado a mi suerte, al vez para mezclarse entre la muchedumbre festejando, en una calle cerrada, con la música a todo volumen, collares multicolor de plástico y cerveza fría.

Mientras empezaba a darme cuenta que ninguno de estos detalles tenían sentido, la chica me lanzó una serie de preguntas: Que cómo me había ido en todos estos años, sobre cómo estaba mi familia, nuestros amigos, dónde había viajado, cuál era mi opinión del desfile, porqué andaba tan solito y que si la había reconocido al verla hace pocos minutos atrás.

De pronto reparé en que aunque no la recordaba ni una centésima, ella sí; su rostro era hermosísimo.

Al fin mi memoria me permitió recordarla, aunque lo primero que recordé era que nunca me aprendí su nombre. Recuerdo que durante mi infancia soñé tantas veces en iniciar una conversación con ella tantas que veces que dejé de contarlas. Nunca lo hice.

Ella fue una chica que siempre encontraba en lugares comunes mientras decía hacia mí: "Como me gustaría que fuera mi novia". 

Al paso de algunos años, la conocí en una fiesta y conversé con ella un par de ocasiones, bastante divertidas, pero nunca le pregunté su nombre. Nunca tuve el valor.

Y hoy la tenía justo enfrente, entre este mar de gente. Y yo parecía gustarle, a juzgar por su forma de coquetearme sin importarle que su mamá leona nos hiciera tercera (de hecho, ella la instó a salir, me dijo).

Hice lo que cualquiera haría en esa situación: Tomarla por el brazo mientras caminamos.

Parecía tan perfecto, pero había un problema: Lo del nombre.

A ver... piensa, Moisés, carajo, ¿que no te acuerdas de cómo se llamaba? Te lo dijo dos veces, y la segunda, ya te había hecho la observación, un poco molesta, de que su nombre no era difícil de recordar. Es una grosería, pensé, el no poder recordar el nombre de quien sabe perfectamente el nombre de todos tus amigos, tu canción favorita, el libro que menos te gusta...

Fuimos a ver el paseo, donde desfilaban elefantes montados por acróbatas y carros alegóricos cuya totalidad era imposible de apreciarse debido a que su altura era descomunal; había un grupo que me gustaba mucho tocando en vivo, y el bajo retumbaba hasta en lo más profundo de la tierra. Mientras avanzaba el desfile y mamá leona se embelesaba con los colores, ella me abraza, me da un beso en la mejilla y recarga su cabeza en mi hombro...

¡Ahí está! Su aroma es la clave de todo... ese aroma... puedo recordar que... es de verdad... porque lo he sentido antes, y es tan fuerte, pero a la vez tan dulce, como para quedarse alojado en el sentido del olfato profundo.

Cerré los ojos, intenté hacer un esfuerzo por recordar cómo se llamaba... Nada.

Me resigné a que tal vez no sabría y mejor contemplé el desfile.

Reparé en que nada de esto tenía sentido, los leones, el desfile, la calle que no conocía, luces, elefantes, malabaristas, vamos a dormir a tu casa, encima, no podía recordar el maldito nombre.

¿De qué me servía, si de todas formas la decepcionaría?

Traté de escudriñar en mi subconsciente, mientras pensaba que si esto era un sueño y no la volvería a ver, podría buscarla en la vida real e intentar hacer esto realidad.

"¿Sabes? Muchas musas aparecen siempre en sueños primero, dicen por ahí", le dije.

"Creo que sí, pero no siempre", me contestó Ella.

Y... al fin lo recordé, estaba guardado en una nota en mi bolsillo, la cual justo cuando iba a abrir, ya estaba despierto.