I
Aquel día era cualquier comienzo más de algún otro día para ella. Daban ya las seis y cuarto de la mañana y el pasillo, charqueado de zapatos mugrosos y de dos días sin lavar, olía a cigarro, charanda y sudor. Ella contemplaba fijamente los mosaicos del suelo, sucios y maltratados.
Contaba los intervalos que habían entre el mosaico rojo y el amarillo, y notaba que las comisuras de las paredes tenían fallas grises por todos sus bordes. Las paredes estaban manchadas, con viejos restos de otras noches de loco amor, del blanco pasando al amarillo caduco, podrido. Nunca había reparado en estos detalles, lo asqueroso del lugar era secundario, porque la paga era buena. Lo más desesperante del empleo era tener que esperar a pasar cuenta al testaferro, el no hacerlo significaba una traición que nadie se atrevía a cometer, puesto que es bien sabido que los cobradores suelen ser inflexibles y hasta cierto punto violentos con la gente ingrata. Cuestión de principios, siempre le dijeron. Esta lealtad es inclulcada desde el momento que elige llevar esta vida, y es una manera de sentir que se hace lo correcto, aunque mientras veía las comisuras y sentía el frío ventarrón madrugador que llegaba más puntual que el lenón, su cabeza se llenaba de ideas. Hay trabajos en los que pensar no es bien remunerado. Afortunadamente quince minutos después estaba tomando un taxi a su casa/pensión, y el sonido del motor arrullador la salvó de tomar más conclusiones y descansar la mente de los cuestionamientos de la conciencia. Eso era todo, tenía sueño.
II
Ella siempre acostumbraba levantarse con la televisión prendida. Era un hábito difícil de dejar. Como el cuarto no tenía enchufes, era costumbre dormir en el sofá. Aparte que el inquilino anterior había tenido la delicadeza de no llevarselo, era de agradecérsele pues el catre era cómodo y acolchado. Nunca supo el nombre del buen samaritano que lo dejó, pero es de suponerse dada la reputación de la casa de huéspedes que huyó de algo y no tuvo reparo en llevarse el mueble, así que el proximo inquilino (osea ella) salío beneficiado por estas correrías.
Ya eran las cuatro de la tarde, pues sonaba el tintinar de aquel programa de concursos que suele pasar siempre como a esa hora y que siempre funciona de alarma involuntaria para que ella se levantara. Se levantó de manera automática, para ir al baño a lavarse la cara. El espejo dibuja un rostro angelical, unos labios que aún tienen ese rojo de la noche anterior y unos ojos de ensueño que están manchados por el maquillaje que se corrió, por la dejadez y el cansancio de quitarselos a media mañana. Una mirada que no descansa, que tiene un dejo de indiferencia, una vida que empezó a rolar muy temprano, con diecisiete años encima ya no recuerda hace cuanto tiempo decidió vivir fuera, ni el optimismo que sintió el día que se liberó del yugo de vivir bajo reglas y echarse a una nueva empresa, el vivir acompañada de alguien que le hizo la promesa de no fallarle nunca.
Tres meses después él la abandonó por cualquier cosa y ella entró a bailar en un bar. Primero pensaba ser simplemente una mesera, pero su belleza no pasa desapercibida y pronto recibió un aumento de puesto. Un parroqiuano la convenció un buen día de que se ganaba más dinero vendiendo amor que fantasías, y ella pensó que lo haría por un par de meses, hasta poder poner una boutique de ropa y accesorios por su cuenta. Siempre fue optimista porque a su edad es cuando uno adquiere más vivencias, y cree que puede comerse al mundo sin importar que tan adverso sea. Al sexto mes, cayó en cuenta que se estaba aburriendo de vivir lo mismo, cuando salía de haber comprado una tarjeta de teléfonos en la tienda de abarrotes de la esquina. Sin embargo, no tuvo el valor de llamar, pese a que la noche anterior había perdido casi todos sus ahorros en pagar cierta fianza que adeudó por problemas con la justicia que su trabajo usualmente acarrea como un inconveniente ya conocido y publicitado. En primera, porque era una verguenza explicar la situación a su inflexible padre, él siempre le inculcó la inteligencia y el orgullo ante todo, y el salir en la primera plana de la nota roja de su ciudad no era algo de lo que pudiera sentirse orgullosa. Aparte, prefería que todas las cosas se fueran solucionando, sólo iría a prolongar un poco más su estadía en el mercado del amor, y ya después seguiría adelante con su plan de vida.
Su "manager" le prometió cubrir todo lo que gastó en el bochornoso incidente (que prefiere ni recordar en esos momentos). Sin embargo, ya eran hoy cuatro meses de haber pasado esto y él no le había pagado ni la mitad de la cantidad que le prometió, ni siquiera con la mitad de la puntualidad con la que pasaba a cobrarle cada fin de semana. Quejarse o reclamarle tampoco es una solución muy viable, pues siempre hay represalias, y es mejor salir vivo que muerto si se va a volver a salir en una nota roja. Así pasaron un poco más ella y su reflejo, cual Narciso, escudriñando en sus ojos todo lo que había vivido, tal y como había hecho la noche anterior con los mosaicos y las paredes manchadas.
Cuando cayó en cuenta ya eran las seis y media de la tarde. El aturdimiento le impedía ver el tiempo de manera lineal, y su estómago le avisaba que tenía que sacar una sopa instantánea, tan sabedoras de un sazón de fábrica y tan nutritivas como una caja de cartón, pero eso sí, llenadoras. Pasó algún rato más con la caja idiota, novela de moda y serie animada en repetición. Cuando tuvo que prender las luces de la sala, entró a la ducha y se arregló durante casi una hora y media para volver a salir en un rato. Cuando pasó por la puerta, ya a la hora de salir a la calle, regresó al baño y se miró al espejo una vez más para ver que todo estuviera en su lugar. De algún modo, no quería salir ya esa noche, aunque ni siquiera se lo pudiera decir a ella misma.
III
Otra vez en el taxi, mientras pasaba por el desfile de luces y lugares agradables, esperaba que entre toda esa gente que estaba haciendo fila, hubiera alguien que la llenara una vez más de promesas, y que tal vez esa noche, encontrara a quien le dijera las mágicas palabras: "Ya no tendrás que volver más ahí". Sin embargo, todo se trata de pretender, no es posible tener honestidad si vas a vender amor. Todos son parte del negocio. Ella espera durante un rato en la barra, nunca le toma más de una hora recibir un cortejo. El cantinero puede no ser su amigo, pero siempre le tendrá una sonrisa amable y hasta la llamará por su nombre al cabo de unas cuantas visitas y está acostumbrado a servirle tragos gratis, si no para conseguirle alguna sonrisa, de parte de algún prospecto cortejador. El niño vendedor de flores le venderá alguna flor al galán en turno, y él cortésmente la comprará para darsela a ella, aunque los dos saben que esta rosa acaba siempre en el bote de la basura o en el taxi al hotel de paso autorizado. El gerente del hostal de dos estrellas no hace preguntas, usualmente escucha la misma estación AM con música anacrónica de Sandro o José José y repite la letanía de la llave y la hora a la que se tienen que largar, con una indiferencia antológica. Si ella no le dice antes de todo este ritual al galán de turno que tendrá que pagar, rompería todo el protocolo y la cadena de comando, y por algun lapso de tiempo ve al chico como a alguien especial.
En un principio, le agrada, y desearía haberlo conocido en cualquier otro escenario: En el supermercado, en un autobús, en la playa... Pero a la hora en la que él accede a pagar, pasa a ser parte de la transacción, un número y una estadística más. Pierde ella toda la emoción y sólo pasa la misma experiencia nerviosa y repetitiva, como la noche anterior y la anterior. Y a la hora en la que se apaga la luz y él mete su mano, temblorosa, debajo de su falda, ella ve hacia arriba, y comienza a contar las marcas del techo, una a una, a razón de los días que le faltan por pasar y seguir pretendiendo, anhelando vivir una vida que pueda presumir. O tal vez, alguien a quien le importe. Hace unas cuantas exhalaciones obligadas, cuerpos sudados, prisas, y todo acaba en media hora. Lo que ella ha aprendido esta noche, mientras se viste, es que el techo de la habitación 103 tiene cuarenta y cinco manchas y grietas diversas. Dos mil quinientos pesos, mil doscientos cincuenta para ella. Faltan doce mil más para el permiso, la mercancía y la renta de la boutique. Piensa para sus adentros, mientras espera otra vez en el pasillo, contando las losas rojas y amarillas: "Ojalá no tarde hasta pasado octubre"..
Monday, June 09, 2008
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