Julio 25, 2003
De entrada a la ciudad puedo ver un gran puente que pasa sobre un cuerpo lacustre y negro que ostenta el nada honroso título de "el río más contaminado de Centroamérica". El ambiente es mitad pasmoso, mitad lúgubre, una pizca deprimente; el cielo grisáceo no aporta en nada a sentir una bienvenida cálida, mucho menos la música norteña que suena en el radio AM del autobús donde hago mi arribo a esta ciudad. Odio la música norteña. Es lo peor que le pudo pasar a mi país, es el mal gusto digerido en ondas radiales y vomitado a través de las bocinas. La gente lo consume como en los ranchos los animales comen lechugas podridas con una voracidad insaciable.
En mi arribo veo que todas las calles son exactamente iguales. Diviso también el letrero en la terminal de autobuses:
BIENVENIDOS A COATZACOALCOS. Atentamente: Dirección Municipal de Turismo.
En mi llegada no hay comité de recepción, ni nada parecido. Creo que alguna vez escuché cómo Jairo Calixto Albarrán decía que el escritor debe ser una especie de rock star en la actitud, esa frase se me quedó muy pegada así que la aplico cada que puedo, pese a que la gente muchas veces note raro que viva anotando en una libretita todo lo que veo. Creen a veces que soy un esquizofrénico, otras más creen que simplemente soy un espía del Cisen, o algo así. Parto para tomar el lugar donde me quedaré a vivir, anoto el número del taxi: 1978. El año en que yo nací, puede ser parte de un complot cabalístico o pura coincidencia, pero si no creyera en las coincidencias entonces mi oficio sería más mecánico o aburrido, como contador público o ingeniero hidráulico. Algo sin trascendencia. El taxista me intenta hacer conversación, vamos oyendo "Lambada" de Kaoma pero le baja al estereo. Sólo por eso le voy a hacer plática:
-¿Y a qué viene por acá joven? Usted se ve que no es de aquí.
-Ah, pues hay una bienal de escritores jóvenes en este puerto y yo vengo a presentar mi nueva obra, se llama El Dilema de Werther.
-Ah, harto interesante, a mí nunca se me dio eso de la 'escribida', digo, lo intenté en un rato pero nunca me salió así que digamos, bien. Prefiero no complicarme, pero también me ilustro: Me gusta mucho Carlos Cuahutémoc Sánchez y antes leía a J.J. Benítez, pero lo mío son las revistas de acción, tipo El Libro Policiaco. Pero eso supongo que a usted le aburriría.
(Silencio incómodo. El taxista notó mi indiferencia y trata de cambiar el tema drásticamente para atraer mi atención).
-¿Sabe, joven? Esta ciudad tiene por nombre "La cuna de las serpientes", pero luego le cambiaron a "La ciudad de las Serpientes". Viene de Cóatl, el nombre que usaban nuestros ancestros para--
-Si, para esos animales. Oiga, ¿qué hay de interesante por aquí?
-Pues algunas cosas joven. Está el paseo, las 500, la playita, pero no se puede meter uno, está prohibido. Si se mete es por su priopio riesgo.
-Ah.
(Querría decir "bajo su propio riesgo").
-Pero aquí básicamente la gente bebe mucho. En el bulevar, siempre encontrará gente interesante. Pero tenga cuidado, viene mucha gente de rancherías cercanas, traen armas. Aquí hay mucho dinero pero también hay mucha ignorancia. El petróleo, ya ve, lo que deja.
Finalmente llegamos a donde le indiqué. Un edificio algo raro, donde cohabitaban una bisutería, una tienda de mariscos, una radiodifusora y una vulcanizadora distribuidas en varios pisos. Hasta arriba vivía mi amigo Héctor, que le decíamos La Calaca. Tenía como mucho tiempo que no lo veía, hasta antes de salir de la facultad, pero él sólo estuvo un par de semestres. Luego se salió y agarró su camino, regresó a su ciudad natal mientras todos seguimos estudiando en la UNAM en el Distrito Federal. Ahora él vive de sus rentas, pues el edificio era de su familia y con el dinero que gana pues no le es necesario trabajar.
Al llegar el muy cabrón me recibe con una mentada de madre:
-Que onda, ¿ya se le quitó lo puto o quiere que le agarre un huevito?
-Jaja, eres el único del que aguantaría esa plática...
-Sigue igual de mamón que siempre, Zúñiga... Ya no sea puto y déme un abrazo.
Él siempre tuvo esa manera de hablar, tan hosca que causaba familiaridad. Siempre lo vimos como un desmadre total, pero no sabía a qué grado, porque siempre nos advirtió que el tiempo que nosotros estuviéramos en su ciudad natal nos iba a traer de tanto desmadre que no lo íbamos a aguantar. Siempre creímos que alardeaba.
Llegamos a lo que sería mi habitación: Un cuarto lleno de cómics y revistas viejas, y una colchoneta roída en el fondo, con dos botellas de Reyes en una cubeta llena de hielos. Como buen fanático de cómics que soy, no podía pasar desapercibido que tenía la primera edición de "Sin City", de Frank Miller; "The Spirit" de Will Eisner; el "Born Again" de Daredevil o la edición de lujo de Crisis en las Tierras Infinitas. Sin embargo, todos tenían agujeros, quemaduras de cigarros o el papel estaba mojado y roto. Un verdadero desperdicio y una verdadera lástima.
En la colchoneta había una morenita, delgadita, vestida con una pequeña blusa que le dejaba ver parte de los senos y un short diminuto. Se veía cansada.
Antes de preguntar cualquier cosa, La Calaca me dice:
-Es una morrita que trajo mi hermano pero el muy cabrón no se la llevó. Lleva como dos días aquí, no se quiere ir pero como no hace mucho escándalo pues dejé que se quedara. ¿Te ofrezco algo? Vamos a echar unas cervezas o unos tragos, tú decides, yo te acompaño porque no tomo ahora.
Yo habitualmente no tomaba, porque estaba dedicado a mi trabajo al 100 por ciento, como un profesional de las letras, pero esta vez me serví licor y La Calaca tomó refresco simple, pues pensé, estaba enfermo del estómago. En nuestros años universitarios siempre tuvo la de la carrera larga. Aguantaba más que nadie, dicen que un día que hizo su fiesta de despedida, duró más de cinco días bebiendo sin chistar antes de que la última persona se pudiera mantener de pie. Platicamos acerca de todo un poco: Sus proyectos, mis premios, recuerdos, gente que abandonó la universidad, a quién le salió panza, quién anda manejando un taxi en Taxqueña y quién ahora se metió como locutor con un sueldo paupérrimo, por ejemplo. En un momento de la noche, me preguntó:
-¿Y qué mierdas me dijiste que querías venir a hacer aquí?
-Ah, pues a presentar el adelanto de mi nueva obra, El Dilema de Werther, en la XII Bienal Centroamericana de Literatos y Escritores del Caribe, que empieza pasado mañana.
-Ah. ¿Y esa madre qué?
-Pues es un ensayo sobre los sentimientos del personaje de Goethe, pero visto desde un proceso interior más que un desarrollo epistolar; básicamente es la interpetación de un autor hacia otra visión ya elaborada, añadiendo elementos de dramatismo y sensiblidad del personaje hacia la situación de injusticia que vive, un amor nunca realizado.
-Pues yo creo que lo que escriben ustedes es pura mamada.
(Se armó un silencio incómodo antes de que me respondiera con una risa bien sonora. Yo me sentí primero algo mareado y cai en cuenta que había bebido demasiado).
-Ya me voy a dormir, loco...
-No no, no, no , no seas putito, son apenas las 4:30, aguanta más.
-No, neta, cabrón, es que mañana d-d-ddebo de r-r-registrarme y es algo temprano...
-No, neta, cabrón, es que mañana d-d-ddebo de r-r-registrarme y es algo temprano...
-Bueno pos ahí acuéstate con la morra, nos vemos mañanón.
La Calaca cerró la puerta y me dejó solo con la chica. Durante lo que quedaba de la noche, su respiración y su movimiento cuando me rozaba con sus piernas desnudas, despertó algo en mí e intenté tocarla por debajo de la blusita.
Visiblemente somnolienta, me respondió con los ojos entreabiertos:
-Ahora no, Martín.
Se volvió a dormir, pero para ese entonces yo era un animal borracho que ansiaba la lujuria, así que intenté ver si de nuevo había respuesta y mi aliento alcohólico sumado a los torpes movimientos que traía terminaron por despertarla.
Se volteó y no dejó que la manoseara. En un acto de venganza tácita, no dejó de molestarme toda la noche con preguntas estúpidas y datos intrascendentes sobre su vida.
-¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Porqué traes una barba tan asquerosa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué querías hacer conmigo? Yo soy de una ranchería de aquí cerquita, como a dos horas, mis papás no preguntan por mí porque saben que mis amigos me cuidan. No me quedé aquí dos días, llevo seis. No sé donde dejé el resto de mi ropa. Ya mañana me voy porque voy a concursar para la reina de las fiestas del mamey en mi ranchería, seguro gano. Ven, vamos a beber más. Cómo de que no, yo te sirvo, vente chiquito. No sé porqué te llamé Martín, tal vez te confundí con el amigo de un amigo. No parece que esté muy chiquita, ¿o sí?.
Y así, durante las próximas tres horas.
Julio 26, 2003
Finalmente se cansó de preguntar y me dejó dormir. Me levanté muy tarde, porque debía estar en el auditorio de la Universidad del Sureste a las 11 de la mañana para el proceso de registro y así justificar mis viáticos, pero la muy hija de puta no me dejó dormir bien así que a las 12 del día, estaba ahí, crudo, solo y con la puerta bajo llave, su pinche venganza. Traté de tirar la puerta a patadas, pero hubiera sido un pésimo huésped cuando La Calaca había sido tan bueno conmigo. Además pensé que él escucharía mis reclamos porque su cuarto estaba justo arriba del mío.
Pasó una hora y nada. Me comencé a deseperar pero mi impaciencia se convirtió en ganas de orinar. En un momento de la noche, La Calaca me había dicho que podía migitar en la cubeta donde estaban las botellas de Reyes, pero me dio mucho asco. La culera me dejó sólo la ventana abierta, pero tratar de bajar desde un cuarto piso hacia una avenida llena de camiones no era una opción. Como pude, pues caminé en la cornisa y oriné en un ducto pluvial. Al regresar de esta extraña experiencia, la puerta estaba abierta y mi anfitrión estaba ahí parado.
-Ah, cabrón, ya viste cómo usar el otro baño. Bueno, tuve que salir, pero no recordaba a qué horas tenías que estar allá. Ven, te llevo.
-Eh... no hay problema -respondí.
Pues nada, me llevó hasta el auditorio de la U del S al filo de las dos de la tarde. Llegué de panzazo, porque las inscripciones de la bienal ya estaban por cerrar. Me recibieron, de todas maneras, aunque les extrañó verme tan maltrecho.
-Su firma y su nombre aquí, el tema de su exposición acá y ya quedamos.
-Ok, firma... obra...
Había recordado en ese momento que mi manuscrito no lo portaba conmigo. Sentí algo de inquietud. Siempre fui un tipo que se desesperaba por todo, desde que dejé la puerta abierta de mi casa a los 10 años y se metieron a robar, siempre checaba todo dos veces, o en caso de ser necesario, tres, cuatro y hasta cinco. Llegaba "N" número de veces a ver si había cerrado la llave del agua. Fui a un psicólogo una temporada por esa manía. Y ahora, entre mi cruda incipiente y mi enojo, pues sentí una sensación de descontrol horrenda, que se apoderaba de mí entre las ramas de mis venas, una luz oscura que me inquietaba y me desesperaba mientras terminaba de firmar mi formulario y pensaba en el papelón que pasaría haciendo el ridículo al presentar una obra que no existe. Sería el hazmerreir de toda la comunidad literaria, saldría en la parte más crítica de La Jornada, de La Mosca en la Pared, de Replicante, de cualquier revista cultural, cultorosa y cultureable. "!Oh, adalides de la literatura, no dejen caerme en desgracia!"
Afortunadamente mi primera obra, "El perro que quería ser mono", tuvo suficientes buenas críticas como para salvar mi trasero esta vez. Pero en cuanto salí de ahí le pedí desesperadamente a Calaca que me llevara a su casa para ver dónde carajos lo había llevado.
Como la ley de Murphy lo dicta, pues no estaba ahí. Tampoco debajo de la cama, ni entre mis pertenencias. Esa maldita perra, pensé, me robó mi fama y tal vez quiera hacer dinero a mis expensas. Pero no, porque en realidad ella ni siquiera sabía que yo era escritor, ¿de qué le servían unas líneas de prosas impresas a 12 puntos en Arial, más que para ella misma?
No importaba ya la explicación. Estaba jodido y tenía que salir de ahí en tanto pudiera para tratar de pensar en una solución. Sólo 36 horas para la conferencia, la puta conferencia. Olvídome desde ya de conocer a los autores que venía a ver. Ni la exposición de los caricaturistas. Ni el café con Romina Fanin, esa literata que me intenté ligar en Taxco. Nada. Ahora tenía que escribir, pedir disculpas o adquirir una diarrea.
La Calaca, con su gesto adusto y facciones huesudas, veía mi predicamento y propuso una solución bastante nihilista:
-Tú te ves estresado maistro. Lo que vamos a hacer, es que te voy a llevar de paseo por la ciudad, vamos a jalar con amigos, se te va a olvidar esta chingadera y vas a soltarte mañana para decirle a la gente de qué trata tu obra. Es así como le hacía yo para mis tareas.
Si había algo que debía reconocerle a ese cabrón era que podía hacer absolutamente todas las tareas sin siquiera escribir ni jota. Parecía saber todo de memoria y era el mejor de la clase, claro que lo recuerdo, ninguno superó la racha de calificaciones positivas que logró. Finalmente un día dejó de ir a la escuela sin decir nada y se vino para Coatzacoalcos. Así que lo mejor que podía hacer era adaptarme a su método y en el menos peor de los casos, no sentir la vergüenza de la humillación.
Acepté su trato. Lo primero, me llevó por un coctel de camarones ahí enfrente de su casa. Eran las 5:00 de la tarde. Más tarde, estábamos bebiendo micheladas en el bulevar coatzacoalqueño, como si la vida no nos pasara. Me entró una duda:
-¿Y cuál es el plan?
-No hay plan Pedrito, no hay plan. Tú nomás disfruta, te estresas tanto que no disfrutas nada. Ahorita vamos a conocer unas personas bien alivianadas.
Me llevó a pasear por el bulevar. Algunas de las partes de esta ciudad me hacen pensar que ahí hubo una guerra, es una lucha constante entre la opulencia y la miseria, casas mal distribuidas, derruidas y abandonadas junto a otras mansiones con fuentes y todos los servicios. A toda hora las tiendas de la costa, llenas de muchachos, menores de edad y adolescentes comprando todo tipo de bebidas exóticas que sólo cambian de nombre de sitio en sitio. Secretamente, pensé que siempre hubiera deseado tomar un par de años sabáticos para tratar de conocer ese tipo de diversión, aunque las presiones de mi carrera me orillaron a una vida de disciplina.
Parece un carnaval, incluso hay gente que se agarra a patadas mientras una pareja come una hamburguesa tranquilamente junto al lugar de la gresca. Aquí la violencia es tácita, no es tan escandalosa como en el lugar de donde vengo. El ambiente contaminado es nocivo y eso me hace pensar que la gente es extraña para mí, también me es extraño ver tantos edificios abandonados pero nunca se me da la oportunidad para preguntar.
Antes que lo pensara, Calaca me empezó a contar algo.
-Te tengo que decir, yo en los fines de semana apoyo en servicios en Alcohólicos Anónimos. Una vez, cuando regresé acá, pues me volví adicto a la cocaína pero bien gacho. Me gustaba la base, el sabor de la piedrita derritiéndose en tu boca era delicioso. Me gastaba 300, 500 pesos en mi vicio. Era bien sabroso y lo hacía solo o con gente. Luego entré al pedo, y por eso ya no bebo. No bebía hasta que llegué al DF. Pero no es malo, simplemente que no lo puedo controlar, no critico a quien lo hace, parte de lo que enseño es que nosotros somos dueños de nuestros demonios antes que los demonios nos dominan a nosotros.
El automóvil iba siguiendo su marcha. Abandonamos el bulevar. Me volvía a sentir un poco ebrio y por eso no podía decirle algo coherente. Él siguió su plática, me parece que la hubiera continuado de todos modos aunque yo no hubiera estado ahí:
-El día que la dejé, bueno, me dejó a mí. Yo tenía una chamaca. Me gustaba cogérmela. Era jovencita, así blandita, suavecita, con sus tetitas chiquititas. Bueno, pues un día me la llevé a pasear. Me la cogí en este vocho en el que estamos. En el asiento donde estás sentado. Entonces la dejé en casa de una amiga. Tenía que regresar por ella en dos horas. Y me fui por unas piedritas, y otras, luego más y así. Cuando recuperé la conciencia, estaba sin ropa en una playa, allá por Acayucan. Me sentía así, mal, descontrolado. Como un animal que dejas mucho tiempo sin comer. No sabía que le pasó a mi carro, nada. Qué pasó con mi vida, nada. Sólo pensaba en ese momento que cerca de ahí habían unas chamaquitas, vendiendo pescado. Yo pensé por un momento que podía meterme a su casa y... bueno, ahí fue donde yo me vi desde afuera y había caído muy bajo. Muy bajo. Lo dejé y comencé a ayudar a la gente a salir. Ahora no puedo dejar de fumar. Fumo más de tres cajetillas diarias. Pero es una cosa por la otra, de todas formas algo nos debe chingar.
Antes de que yo pudiera interrumpir su monólogo y preguntarle algo, llegamos a la casa de Manolín. Era primo de Héctor y vivía en una casa con sus amigos y su mamá. La casa estaba bastante descuidada, ellos estaban sentados en el saguán bebiendo caña, alrededor de una guitarra.
La casa por dentro era un desastre. Latas de cerveza tiradas por todos lados. Todo tipo de artefactos para fumar cualquier tipo de droga. Posters de automóviles y una figurita de San Judas Tadeo, que luego me enteré, era de la mamá. Fui bienvenido y me ofrecieron cerveza, droga no porque no me gusta.
Después de siete latas, sentía que los conocía mejor. Uno de ellos era un hippie que la mamá, Licha, adoptó cuando lo conoció tocando en un camión. La meta de Robert (así decía que se llamaba) era llegar al Chopo y grabar un disco ahí. No sabía que se podía pero no quise contradecirlo, se veían como una familia disfuncional muy feliz.
Héctor me presentó.
-Él es Pedro Zúñiga, es un cuate y viene a lo de la Universidad del Sureste.
Manolín me saludó.
-Ahm, no conocemos muchos escritores, más que al Calaco. Deberías leer lo que hace, bueno, está cabrón porque él lo quemó todo cuando lo dejó su--
Calaco le asestó un golpe en el vientre que le sacó el aire. Intervino la mamá Licha, quien me invitó unas copas y me preguntó si sabía cantar. Pues, con el bohemio, los siete amigos cantamos un rato de Joaquín Sabina, en especial "17 días y 500 noches", así como "La Célula Que Explota" de Caifanes, una de las clásicas rolas de borrachera eterna.
Pese a que estaba divirtiéndome, me sentía decadente. Pasamos como ocho horas ahí. Tocando guitarra, charlando y recibiendo los coqueteos de la novia de Manolín, Abril. Creía que era muy chica para mí, pero tanto alcohol y mi falta de costumbre pues hizo que finalmente me la llevara a un cuarto.
No sé en qué momento me sacaron a patadas, todos parecían una jauría de perros sobre mí, incluso Abril me estaba tildando de puto y pendejo (dos cosas muy diferentes). No sé qué fue lo que le hice, pero creo que su novio abrió la puerta o uno de sus amigos lo hizo, o la segunda es que los gemidos de la mujer llegaron hasta la ventana de junto (donde estaban todos reunidos) en una pésima idea para un lugar para coger. De todas formas, estaba totalmente jodido.
Después de unas cuantas putizas, Calaca intercedió por mí y se llevó lo que quedaba de este remedo de escritor a su automóvil. Les pidió disculpas a los asistentes y me llevó como fardo a su casa de nuevo.
Julio 27, 2003
En el camino a casa, en vez de regañarme, él comenzó a contarme otro monólogo bastante perturbador. Yo me sentía como un idiota tratando de anotar todo en una libreta, sin hablar mucho ya.
-Te voy a decir algo. Muchas veces nosotros tenemos un problema y nunca lo decimos, pero eso se hace como un cáncer dentro de nosotros. Todos tenemos que desbloquear cosas que nos pasaron de pequeños y a mí también me pasó. Lo aprendí rápido en la clínica de desintoxicación, es como empezar a desamarrar nudos y comienzan a aclararse recuerdos que tú no recuerdas que pasan pero pasan. Por ejemplo, el Calaca es bien chido, pero no saben que es puto. No soy puto, es un ejemplo que te digo para que entiendas. Pero sí, sí tuve una experiencia que inició todo pero yo lo bloqueé. Tenía seis años y uno de mis tíos estaba bañándome, mis papás estaban fuera. Entonces él me ayudaba, me enjabonaba y me toqueteó. No dije nada. Pues me quedé callado, no sabía que era eso, si se sentía bonito, si se sentía feo, pues a esa edad cómo lo sabes. No lo volvió a hacer, yo creo que el sintió curiosidad de juguetear con un pito y lo hizo con el mío. El problema es que borré esa etapa de mi vida y luego me hizo daño reprimirla a través de mi adicción. Hoy lo he perdonado, porque ya se murió, pero de todos modos lo hubiera hecho porque pues era otra época y donde estoy te enseñan a ser uno contigo mismo.
Entre el relato, el dolor de los golpes y el alcohol, vomité como nunca había vomitado en mi perra vida. El coctel, las cervezas, el pedazo de carne asada maltrecho y el sandwich nefasto que comí en la terminal de autobuses antes de llegar aquí, afuera. Al sacar el alcohol de mi sangre de una manera tan grotesca, me invadió una zozobra horrible, una cruda física y moral que nunca voy a olvidar.
Para tratar de aminarla, Calaca me llevó a cenar a la mejor taquería de la ciudad. Estaba ahí cerca del río, siempre estaba llena y era atendida por un señor con muy mala actitud.
-Dicen que es la mejor carne de la ciudad, pero la leyenda urbana dice que es carne de otro animal -afirma mi amigo-.
En las paredes del local distingo el famoso cuadro de los perros jugando póquer de Cassius Marcellus. En otra pared, un retrato de un fox-terrier. En otra más un close-up de un doverman. Antes de ver la siguiente, llegaron los tacos. Jodidamente sabrosos, juro que nunca había probado algo así.
Finalmente regresamos a casa. Tanta dosis de realidad me tenía estupefacto. Estaba acostumbrado a los ambientes controlados, donde yo pudiera ser una celebridad en línea desde mi blog, desde mi pedacito de papel en un pasquín local o de circulación nacional limitada. Tanta vida de crooner no era para mí, odiaba a quienes se proferían émulos del hijo de puta de Bukowski y ahora con más razón me orino en las 42 flores del mal de Baudelaire.
Como una revelación, sobre la colchoneta estaba el manuscrito de mi obra. Calaco se fue a dormir al piso de arriba, yo me quedé un rato analizando el texto para llegar con toda la compostura a recitarlo mañana y así salir del compromiso, me sentía emocionalmente y creativamente desgastado.
Comencé a leer.
El dilema de Werther.
El amor no realizado del protagonista nos demuestra un reflejo vivo de nuestra sociedad moderna, vista en el encapsulamiento y el ensimismamiento que muchas veces termina con el suicidio o la frustración de sueños no realizados. Analicemos, por ejemplo, el primer axioma que se presenta en esta obra literaria, que---
Dejé de leer. Esa era la mierda más aburrida que había leído en mi puta vida. Ni mi escrito sobre la supuesta humanidad que reside en los perros era tan infame.
Sin pensarlo, agarré el texto que me costó cuatro meses hacer y en un arranque de ira, lo hice rollito y lo deposité en el conducto pluvial por donde había orinado la mañana de ayer. Eran las 2:30 de la mañana y sentía una catarsis en mi estómago. Tantos días de ensimismamiento terminaron con la emancipación que significaba destruir un ensayo deprimente sobre un autor alemán deprimente. En realidad a quienes les interesara ese tipo de ensayos merecían una patada en la nuca, pensé.
Me fui a dormir.
Desperté a las 8:00 de la mañana. Como nuevo. A las 10:00 llegué a la bienal. Ahí estaba Romina, se veía apática como siempre. Ya no me importó invitarla a salir, pero como no le importó decirme que no una vez más, pues no me importó mandarla al carajo. Ahí terminaba una amistad fincada en el interés y la adulación mutua, disfrazada de pláticas pseudo intelectualoides que coseché durante ocho meses con ella.
Era la hora de mi conferencia y no sabía una chingada sobre lo que iba a exponer. Tomé el micrófono y di el discurso más breve de mi vida:
-Buenos días, jóvenes, estudiantes de las carreras de Literatura, Comunicación, Publicidad, afines, damas, caballeros. Se me acabó el saludo, tengo que empezar con esto. El motivo de esta conferencia era dilucidar sobre las connotaciones socio-psicológicas del personaje de Werther, pero en realidad ya no los quise aburrir. En vez de eso, prefiero hacer un anuncio que hará de este un festival memorable. Me retiro de la carrera literaria, para emprender un viaje de búsqueda y autosuperación. No pretendo emular a Hemingway, no, pero la próxima vez que escriba algo será de mi interés y no para forjar el personaje mamón y pretencioso que he intentado armar desde que salí de la licenciatura en Letras. Durante años traté de ser alguien que no soy, y en menos de dos días esta ciudad horrenda y un amigo demasiado sincero me han abierto los ojos de que nunca salgo a la vida exterior. Si hay más tiempo que vida, entonces el tiempo me dará la razón. Muchas gracias y hasta luego.
Toda la sala estaba en silencio. Salí a tomar un taxi, pasé a despedirme de La Calaca y me encaminé a la terminal de autobuses.
28 de julio, 2006
Ciudad Juárez, Chihuahua.
A tres años de mi autoexilio, esta es la primera vez que vuelvo a escribir algo en mi maltrecha libreta. Nunca olvidaré ese baño cruel de humanidad que recibí al salir de mi ambiente controlado. Aquella vez pude decidir por un hotel, pero secretamente siempre admiré a la Calaca. Quería estar con él, quería saber la mitad de lo que él sabía, pero todo lo que encontré es que se trata de un ser tan ordinario que su falta de expectativa artística lo hace excepcional. Por eso no le costaba trabajo hacer historias, porque tuvo una vida difícil. La semana entrante iré rumbo a su casa de nuevo, pero esta ocasión se debe a que recibí la invitación para su boda. Será muy memorable, más de que ahora no soy el mismo de antes. He hecho muchos amigos a lo largo y ancho del país, pero soy un cerote en la comunidad literaria. Creo que el otro día un pasquín en Internet se preguntaba donde ando, pero no me interesa mucho. Ahora escribo para mí, las hojas de este diario fueron propias y serán ceniza si yo lo decido, hasta que no tenga algo interesante que decirles a ustedes, mis queridos amigos, con quienes me contacto haciéndoles llegar una copia de esta hoja que marca el final de mi búsqueda interna. Como un Quijote, seguiré mi rumbo hasta que la muerte me trascienda y las letras hablen por mis actos.
Rúbrica:
Pedro Zúñiga.
Un ciudadano del mundo.