1.- Horas que parecen minutos, minutos que parecen días.
La noche era fría y callada, interrumpida sólo por el ruido de algún animal furtivo de los alrededores de la finca. Era una noche hermosa, tranquila, apacible, como sólo se aprecian en la meseta norteña, donde las estrellas parecen brillar más. Pacientemente, don Tomás esperaba sus visitas. Sentado, viendo hacia el horizonte, decidió no mirar al reloj porque al tiempo no hay que tentarlo. El viento mecía suavemente como suele pasar en las noches de finales de invierno, a lo lejos se escuchaban los rechinares de los aparatos del taller de mueblería del ala este de su terreno, más de 10 hectáreas. Previamente ya se había preparado una taza de café con canela y un poco de ron, para alargar la espera.
Mientras esperaba, miraba fijamente hacia el largo camino de terracería que lleva hacia su finca, el cual recorrió infinidad de veces durante los más de 50 años que tenía viviendo ahí. Tomás conocía perfectamente esa ruta, cada mañana de lunes a viernes veía venir los camiones llenos de gente, que trabajaban en su taller y que se dedicaban a labrar muebles rústicos que eran vendidos desde Chihuahua hasta Tampico, e incluso en algunas mueblerías de Alburqueque, Laredo, Austin y Phoenix. Cada semana se fabricaban alrededor de 700 muebles con acabados a mano, mesas, sillas, burós, cunas, armarios y tocadores, con un toque norteño y con incrustaciones en hierro. Con el tiempo la cantidad de gente que diariamente iba al taller era menor, pues la emigración o unirse a alguna organización era una opción que estaba siempre ahí y que eran alternativas más rápidas para lograr una mejor calidad de vida; pese a que don Tomás era conocido por dar excelentes pagas a sus empleados, pues era difícil encontrar gente honesta y trabajadora que prefiriera ganarse diez o doce mil pesos al mes como trabajadores de la madera, que ganarse veinte mil jardineando en alguna ciudad de Estados Unidos o cuarenta mil como ‘burro’, sicario, transportador o ‘chiva’.
La hacienda que había iniciado con mucho trabajo y esfuerzo había crecido en cinco décadas gracias a sus esfuerzos. Cuando Esperanza era un pequeño pueblo, él compró un par de hectáreas a muy bajo costo; él era un joven de 30 años y que aprendió el oficio de carpintero y lo trabajó por un tiempo en varias ciudades de la frontera, cuando era más fácil laborar en el país del norte. Con lo juntado regresó un día a su pueblo y decidió iniciar un negocio de muebles que fue creciendo y aunque tuvo opciones de mudarse a la capital o ir al Distrito Federal para expandir su empresa, declinó y decidió quedarse ahí pues siempre había expresado que si él se iba, se llevaría gran parte del trabajo que mantenía a Esperanza.
El único ruido en la gran sala de Don Tomás era el de un reloj que compró hace más de 30 años, meses antes de que su mujer falleciera debido a un cáncer que no se detectó a tiempo pues en ese entonces, era un pueblo pequeño, sin servicios médicos y que parecía estancado en el México tradicional que muchas veces los extranjeros tienen como concepto ‘cliché’. En fin, que el reloj lo había comprado ella antes de la desdicha y el tic, tac, que generaba, incesante, era uno de los muchos recuerdos que guardaba pero en los cuales él ya no se fijaba pues estaban ahí como parte de un todo.
La noche parecía no terminar nunca y el apacible anciano no soltaba su rifle de asalto ni por error pues sabía que su cita podía llegar a cualquier hora. Muchos decían que eran el demonio. Otros sabían que eran gente que no tiene valores y que no entienden conceptos como el bien o el mal, seres amorales que buscan una necesidad de expandirse territorialmente como lo hacen las empresas, en esquemas de negocios, colocación y diversificación de bienes y servicios.
Mientras divagaba, don Tomás vio unas luces a la lejanía, unos faros brillantes y azules que se desplazaban como luciérnagas en el camino adyacente a unos cuatro kilómetros del monte donde se ubicaba su rancho. Sabía que el gran momento se acercaba y calladamente, se paró de su mecedora y caminó tranquilamente hacia la entrada de su hacienda. La inminencia de un enfrentamiento donde él tenía la desventaja era sobrecogedora y estaba consciente de ello.
-“Así que aquí estamos”, murmuró.
Acto seguido, prendió el primer cigarro que había fumado en más de 20 años y comenzó a fumar, de pie, junto a la puerta de cedro de su casa, mirando fijamente esas luces y preparado para el combate.
2.- Esperanza
"Esperanza es un pueblo de no más de siete mil habitantes, que pese a estar enclavado en una de los rincones más alejados de la meseta norteña, es conocido por todos en el estado por sus hermosos paisajes, su vegetación semi desértica y porque durante muchos años fue un importante centro de producción de actividades como la mueblería, la producción de calzado y principalmente la ganadería. Varias veces ha sido considerado para ser Pueblo Mágico por parte de la UNESCO pero siempre ha quedado en la antesala".
"En ese sentido, Muebles Rústicos Esperanza es la más importante de las mueblerías locales, muchas otras en esta región con el paso de los años fueron disminuyendo su actividad y algunas de plano cerraron al no tener gente con la que trabajar, sin embargo la empresa que fundó don Tomás Langarrosa hace más de 45 años ha sido ejemplo de tenacidad, prosperidad y logros impulsados principalmente por una persona que siempre ha sabido hacerle frente a los retos”.
“Don Tomás Langarrosa nos recibió en la puerta de su hermosa hacienda, un rincón con estilo rústico, similar al de sus muebles, con un pórtico que recuerda las grandes casas del sur de Estados Unidos pero con un indiscutible toque mexicano que demuestra que el empresario esperanceño es orgulloso de su tierra, sus tradiciones y sus raíces. Junto a la hacienda hay un rancho con vacas, caballos, becerros y borregos, un pequeño huerto de chiles y las instalaciones de la maderería que siempre parecen estar llenas de vida.”
“Es difícil recordar cuántos muebles hemos realizado -cuenta don Tomás a este reportero mientras recorremos su propiedad-, pero yo le diría honestamente que en todos estos años yo creo que son más de cincuenta mil, no sé, nunca me fijo en esos detalles. Lo que sí le puedo asegurar es que es un orgullo saber que los muebles que fabricamos aquí son muy pedidos en México y en Estados Unidos e incluso tuve la dicha de regalarle un pequeño centro de mesa al presidente Echeverría en 1977 cuando vino a visitar Esperanza, creo que fue el último presidente que nos vino a visitar”.
“Don Tomás nos platica que la experiencia de armar una empresa de la nada no es fácil pero sí aleccionadora. Es cuestión de paciencia, es como la caza, hay que esperar mucho. El empresario es aficionado de la caza deportiva y también es popular por los torneos que solía organizar en el pueblo, atrayendo la atención de visitantes del país y del extranjero que se dedicaban a cazar coyotes y conejos por afición. Sin embargo, nos comenta que en los últimos años ha determinado enfocarse al 100 por ciento en su actividad empresarial debido a la difícil situación que no sólo su negocio atraviesa sino en general todo el país”.
“Le voy a comentar algo -confiesa al reportero-: El futuro de mis hijos ya está asegurado, ellos ya no viven conmigo y han hecho su vida fuera, uno vive en España y se casó con una muchacha muy guapa, vienen una vez al año. Mi hija vive en Arizona y viene seguido a verme pero ya también tiene su vida allá. Mi esposa murió cuando ellos eran muy chavitos, no se acuerdan mucho de ella, yo los crié y estoy orgulloso de que ya tienen su vida fuera de aquí, no quería que se quedaran porque cada quien tiene su camino, si quieren regresar pues bien pero yo me quedaré hasta el final en el pueblo que me vio nacer".
El artículo donde venía esta entrevista venía acompañado por una foto de Don Tomás, un hombre que pese a su avanzada edad siempre fue una persona que se mantuvo en excelente condición física y que en la imagen transmitía un semblante de felicidad y orgullo, acompañado de sus trabajadores. En la sala de su hacienda había un ejemplar que era leído con detenimiento por uno de los capataces de su granja.
-Oiga Don Tomás, este artículo habla bien bonito de usted, qué guardado se lo tenía -comentó Ponciano mientras hojeaba la revista-. No nos dice que es famoso para que no le pidamos autógrafos… ¿Edá?
-Cómo va a ser, no digas incoherencias -respondió el anciano, con un semblante de dureza que dejó entrever una muy leve sonrisa-. Eso ya tiene tiempo que salió y no tienes que andar chismeando en mis cosas. Mejor levántate y deja esa revista ahí donde la encontraste, vente que vamos a ir al pueblo a comprar cosas.
-Sale patrón.
Eran días normales y de trabajo para todos, mucho antes de que la situación se trastocara.
Al salir el sol, los dos hombres salieron rumbo al centro de Esperanza a hacer la despensa semanal donde se abastecían de fruta, ron, verduras, carne, así como productos para los empleados de la fábrica.
En el camino, don Tomás puso el noticiero estatal. El locutor estaba hablando de un operativo militar donde habían encontrado una familia descuartizada en una casa de Morralillo, a tres horas de Esperanza. El presentador relata con la calma que caracteriza a un lector de noticias que lee un boletín de la autoridad, que el matrimonio se dedicaba a la renta de trailers y que se investigaban posibles nexos con bandas de la delincuencia. Sin embargo, aunque nunca lo mencionara en su nota, todo parecía indicar que se negaron a colaborar, pues el salvajismo con el que los cuerpos fueron encontrados y la manera en la que los tres pequeños niños de seis, diez y catorce años de edad fueron encontrados deja entrever que esa no fue una venganza sino un mensaje a toda la comunidad.
-Pinches monstruos -murmuró don Tomás, visiblemente molesto-.
Poncho lo miró mientras manejaba hacia el pueblo y el viejo tenía un semblante de malestar. Le iba a comentar acerca de los rumores que circulaban en el pueblo pero prefirió callarse y no contrariarlo. Sabía que era un jefe duro, que le tenía en alta estima, pero que tenía un carácter muy fuerte. Sobre todo, sabía que si decía una grosería era porque algo le había molestado sobremanera. Don Tomás era una persona educada, culta, que siempre hablaba con respeto y a la que le molestaba sobremanera que la gente fuera vulgar.
La camioneta continuó su camino hacia el pueblo sin contratiempos, con ambos ocupantes en silencio y un con un dejo nunca expresado de asco o indignación.
3.- Demonios
Al medio día ya estaban de regreso en la hacienda y Poncho terminó de descargar todo de la camioneta. Don Tomás le pidió las llaves pues saldría un rato.
-¿Olvidamos algo jefe?
-No, para nada, voy a visitar a un amigo. Regreso más tarde, por favor ocúpate de que todo esté marchando más y cualquier cosa que pase me comunicas por el radio.
-Claro que sí, jefe, a la orden.
Don Tomás salió de nuevo para el pueblo y fue a visitar a Rubén, su viejo compañero de juergas y alguna vez rival de amores, pues cuando Langarrosa regresó de EUA comenzó a cortejar a quien sería la madre de sus hijos, aunque era visitada por su amigo Rubén. Sin embargo, esa afrenta quedó resuelta y como el buen vino y las buenas amistades, pasaron los años y a la fecha eran compadres.
Sucede que don Rubén Armida era empresario zapatero, vendía botas y cinturones piteados, tenía un negocio próspero aunque siempre prefirió vivir en la parte céntrica del pueblo, con su esposa y sus dos hijos.
Al llegar a la zapatería, Tomás saludó a Rubencito, el mayor de los hijos de don Rubén, quien a pesar de tener 33 años tenía el estigma de ser llamado por todos con un diminutivo.
-Hola mi niño.. ¿Tu apá anda por acá?
-Si cómo no, don Tomás, qué gusto verlo, mi apá anda en la sala, andaba algo cansado pero siempre puede recibirlo, pásele.
La sala de don Rubén estaba junto al negocio. Don Tomás no pudo sino notar que algunos de los estantes de la zapatería estaban vacíos, cosa rara pues siempre estaban llenas de productos. Siempre solía visitar a su amigo cada quince o diez días, pero nunca le avisaba que iría, pues era su costumbre llegar de improvisto. Después de un abrazo golpeado y con fuerza, los compadres platicaron.
-¡Compadre! Le traigo este roncito, vamos a darle un gusto… ¿Qué le parece?
-Adelante, sabes que siempre eres bienvenido en mi hogar. Mi mujer ya trae los vasos. Qué bueno verte en una sola pieza, como siempre.
-Sí, Dios me da más vida que suerte, pero también me cuido de vez en cuando.
-Compadre, exageras, creo que tienes el único negocio de este pueblo que ha logrado sobrevivir a todos los chingazos y has tenido una suerte encabronada para eso.
-No se trata de suerte, compa, la suerte no existe, la suerte se busca y se forja. Tú sabes que somos personas de trabajo y que todo lo que hemos construido lo hemos ganado con el sudor de nuestra frente, partiéndonos el lomo y como debe de ser.
-Sí compa, ojalá hubieran más como nosotros, la verdad, la gente es bien huevona, sobre todo los chamacos, a mis chamacos siempre les digo que se pongan las pilas porque esto no dura para siempre, siempre andan detrás de las chamacas y en los bailes, les gusta mucho andar de chupalones y cogelones pero nada de trabajo, al menos me ayudan aquí en mi negocio, por eso creo que aún no los he echado a la calle. Además la cosa está bien culera, con la situación actual.. -hace una larga pausa-.
Don Tomás notó esta inflexión en su compadre y le causó curiosidad.
-¿Pasó algo Rubén?
-No, compa, nada importante, nada por lo que deba preocuparse, ya sabe, nosotros los vejestorios tenemos problemas adaptándonos a los problemas del mundo moderno. Hace 30 años quién diría que viviríamos en un mundo así, yo me imaginaba otro futuro… Pero bueno, no me quejo. Hemos hecho mucho.
-Insisto, compa, lo veo raro. Usted no es así.
-Bueno, es que no quiero hablar de esto porque no quiero preocupa—
En eso llega la esposa de don Rubén, Mariana, con los vasos de ron. El par hace una larga pausa y Rubén saluda a la mujer, quien regresa a la cocina a hacer su guisado.
Tras la pausa ambos hombres beben un sorbo de ron. Don Rubén rompe el silencio y toma aliento para hablar. Don Tomás teme lo peor, una enfermedad, una deuda, sin embargo no sabe lo que viene a continuación.
-Bueno, la cosa es que no quiero hablar de esto porque no quiero preocupar a mis hijos, ni a mi mujer. Carajo, somos hombres fuertes y sé que puedo salir de esto.
-Ya sin rodeos, dime por favor, de qué se trata.
-Bueno, compadre, ya sabe que las cosas se han puesto feas para todos. Usted está a salvo porque está por allá, en su rancho, no sabe que afortunado es. Pero ha llegado gente muy mala al pueblo, gente de la que ya sabe usted que ni siquiera podemos hablar en público. Al principio pues nadie se preocupaba porque ellos sólo se metían entre ellos, que si eran bandas rivales, que sólo se metían con las cantinas, con los puteros, con los que venden droga, con los que hacen bailes. Pero últimamente han cambiado, no sé si necesitan más dinero, si andan con problemas o simplemente quieren apoderarse de todo sin importarles las familias.
Don Tomás contemplaba en silencio y horror a su compadre, quien narraba esto con un rictus de temor y miedo.
-Pero bueno, con esto le comento que se están metiendo con todos parejo, con tiendas de abarrotes, con farmacias, negocios chicos, grandes… Vamos, incluso a una de las tres gasolineras de la ciudad… Pues agarraron al dueño y le metieron una santa verguiza. Querían una bomba de gasolina sólo para ellos, con gasolina que roban de los ductos de por aquí. Al final el señor tuvo que acceder y ellos tienen una bomba en la estación para ellos, donde la gente llega a cargar. Si ellos ven que alguien ajeno a su negocio va y carga gasolina ahí, le quitan el carro, en el mejor de los casos.
Rubén hace una larga pausa y prosigue, con los ojos vidriosos.
-La cosa es que ha sido algo horrible… Hace unos diez días, unos días después de que usted vino y quedamos de acuerdo para ir al monte a cazar conejos, pues llegaron tres de estos pelados. Hombres malos, le digo… Qué bueno que no estaban mis hijos, ellos andaban fuera, no sé en qué… Los atendí y me dijeron que me dejara de pendejadas, que ellos venían de parte de La Organización y que venían a pedirme una cuota para seguir trabajando, me dijeron que ellos me iban a proteger, que no me iba a pasar mientras no dejara de pagarles cada mes, pero la verdad es que quieren 50 mil pesos cada quince días, tengo años sin ganar eso… Y pues querían un adelanto porque supuestamente ellos ya habían estado ejerciendo protección sobre mi negocio... Entonces pues no tenía ese dinero, para cobrarse agarraron muchos de mis productos, botas, cinturones y pues seguramente usted se fijó en que al llegar mis anaqueles estaban vacíos.
-Sí.
-Pues les dije a mis hijos, a mi esposa, que pues se metieron a robar, tuve que cambiar la chapa, la verdad no quiero preocuparlos, porque las cosas que se dice de esta gente es terrible. Son demonios. Son gente que no tiene alma ni corazón y no quiero que le hagan nada a mi familia… Pero no sé que hacer compadre, estoy muy viejo y muy gordo para defenderlos, no me puedo agarrar a los tiros con ellos… Tampoco puedo cerrar mi negocio…
Don Rubén rompe en llanto y abraza a su compadre, quien le abraza y le menciona de cerca.
-Compadre, esto no se puede quedar así. Vamos a denunciar a esos desgraciados. Sé que usted piensa que nosotros estamos solos, que nadie nos va a escuchar pero hay que levantar la voz.
-¿De qué sirve compadre? Eso sólo va a acelerar las cosas… ¿Sabe qué dicen que le pasó a la familia de Morralillo? Les hicieron una incisión con un cuchillo desde el pecho hasta la garganta y les sacaron la lengua por esa abertura… A la esposa… A los niños… Terrible, son demonios, sé lo que le digo, compadre, son gente desalmada. Creáme que tenía años sin rezar, pero ahora lo hago todos los días, voy a la Iglesia, he confesado mis pecados pero tengo mucho miedo de lo que le vaya a pasar a mis hijos… A mi mujer… no sé, compadre, esto está muy difícil...
-No sea tan pesimista, no hay nada que perder. Vamos a señalar a esos perros, vamos con la Marina, el Ejército, algún medio debe de haber.
-Compadre, creáme que ganas de acusar no me faltan, pero no tengo la seguridad de que me van a proteger. Creo que lo mejor será que pueda pensar en vender todo, cerrar el negocio y mudarnos. Esto es horrible, compadre… ¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a ser de mí?
Don Rubén rompió en llanto de nuevo, como alguien que logra quitarse un terrible peso de encima. Su compadre lo abrazó y también sintió ganas de llorar, por el coraje que esta nueva situación le representaba.
Lo que ambos hombres no sabían, es que Rubencito había estado escuchando todo del otro lado de la cortina que separaba al negocio. Y al igual que Don Tomás Langarrosa, también estaba lleno de rabia y coraje.
4.- El final de la zona de confort
Ya a bordo de su camioneta, don Tomás regresó lleno de coraje a su rancho. Había tardado más de lo normal, por lo cual recibió un parte de llamadas al radio por parte de Poncho, para saber si todo estaba bien, pues pensó que había sufrido un desperfecto en el camino.
Don Tomás estaba incrédulo que a alguien cercano a él le estuviera pasando esto. No sabía qué hacer, cómo reaccionar, ni cómo ayudar a su amigo. Pensó en ofrecerle dinero, ofrecerles que se fueran a vivir con él al rancho, pensó en muchas alternativas para ayudarlos a superar este amargo trago.
Los días pasaron normal para todos en Muebles Rústicos Esperanza menos para su propietario. Finalmente, al cabo de cuatro días decidió ir a visitar de nuevo a Rubén. Al llegar a su negocio de zapatos, le sorprendió que la cortina estuviera cerrada al medio día. Sabía que algo había pasado. Al cabo de seis o siete golpes continuos y fuertes a la puerta, doña Mariana le abrió la puerta, en estado de shock.
El cuadro era desolador. Los padres en la sala. Sentados y sin decir palabra alguna. Doña Mariana salió y se quedó don Rubén. Miró fijamente a los ojos a Tomás Langarrosa y antes que le pudiera ofrecer alguna de las soluciones en las que había pensado, le hizo saber las noticias.
Resulta que al día siguiente llegó al negocio un cobrador de La Organización. Estaba atendiendo Rubencito, junto con Martín, su hermano, pues el padre había salido a la iglesia a rezar junto con su mujer. Rubén Junior le dijo a Martín que esa persona quería extorsionar a su padre y lo atacaron a golpes. El sicario sacó de entre sus ropas una pistola y les apuntó, sin embargo ambos hijos, jóvenes y fuertes, defendiendo su patrimonio familiar, lograron quitarle su arma y lo doblegaron a golpes. Lo amarraron y lo dejaron en una esquina del negocio, acto seguido llamaron a la policía para que se lo llevara.
Martín le llamó a Don Rubén, quien al enterarse de las noticias, les ordenó que lo liberaran inmediatamente y que no dieran parte a las autoridades. Ya era demasiado tarde.
Los vecinos le dijeron que primero llegó una patrulla de la Policía Municipal. Luego llegaron dos camionetas enormes y lujosas, de donde bajaron varias personas armadas y se llevaron a los dos vástagos con rumbo desconocido. Además, saquearon toda la tienda y el dinero y destruyeron los anaqueles.
-No entiendo porqué tenían que jugar al héroe. Les hubieran pedido más tiempo, no sé, algo se les hubiera ocurrido, así no. Tiene tres días que no sabemos nada de ellos -manifestó don Rubén.
-Debes ser fuerte, compadre, debes tener fé en que van a aparecer, no decaigas, por favor, confía en mí.
-Compadre, lo que dices es muy amable de tu parte y te agradezco que pienses así. Pero la realidad es que va a ser difícil que todo vuelva a ser igual que antes…
Doña Mariana miraba hacia el vacío, en silencio, en completo estado catatónico. Tenía la cara pálida.
-Ni siquiera nos han llamado, compadre -continuó don Rubén-. No sabemos nada de ellos. Es como si se los hubiera tragado la tierra, compadre. Es horrible…
Don Tomás llamó a la maderería para avisar que no iba a regresar, y encomendó a Poncho que se hiciera cargo de todo en su ausencia. Durante tres días, se quedó con sus compadres para esperar recibir noticias sobre los dos jóvenes desaparecidos.
Al cuarto día, don Tomás notó que alrededor del negocio había estacionadas dos camionetas de la Policía Municipal de Esperanza, sin embargo no hacían movimiento alguno. Parecían a la expectativa de algo.
Por la noche un estruendo inusual rompió con la tranquilidad y el matrimonio bajó junto con el señor Langarrosa para ver qué había sucedido. Una bolsa de basura negra había sido azotada contra la cortina de la zapatería. Los vecinos salieron a la calle. Las patrullas brillaban por su ausencia pues se habían retirado. Nadie se atrevía a ver qué había dentro de esa bolsa, que yacía a la puerta del negocio que don Rubén había iniciado hace años con tanto esfuerzo. La bolsa emanaba un olor fétido y filtraba un líquido viscoso similar al aceite para motor de lancha.
Finalmente don Tomás abrió la bolsa, para ver horrorizado en primera instancia, la cabeza de Rubencito, lacerada y separada del torso. El mayor de sus hijos había sido descuartizado en venganza a la agresión al cobrador de La Organización. Sin embargo faltaba el otro muchacho, Martín, que apenas cumpliría 19 años en dos semanas.
El silencio y el dolor imperaron esa noche. Los vecinos y los amigos de don Rubén, incluido Tomás Langarrosa, acudieron a la casa funeraria para velar a su hijo, con el dolor de saber que aún faltaba encontrar a su otro vástago.
Durante el velorio de Rubencito, todos lloraron. Menos doña Mariana, quien permaneció abyecta todo el tiempo, casi hasta el final, donde rompió en gritos histéricos.
-¡Asesinos! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Dios los castigará por lo que han hecho! ¡Asesinos! -gritó la señora, muy para pesar de don Rubén, quien ya se había quedado sin lágrimas.
Tomás Langarrosa sabía que tenía que hacer algo. Esto no se podía quedar así.
5.- No culpes al mensajero
Pasaron casi tres semanas desde la pesadilla que marcó la vida de don Rubén y doña Mariana, quienes ahora vivían en la hacienda Langarrosa a petición de su compadre.
Don Tomás pasó horas enteras en su despacho, buscando alternativas o soluciones. Sabía que buscar a las autoridades no era una opción y que estaban solos en esta afrenta. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que algún día vinieran a pedirle lo mismo ni qué haría.
Finalmente una tarde, Tomás invitó a don Rubén a su despacho para platicar acerca de la estrategia que había planeado para tratar de recuperar a su hijo, Martín, de quien aún se mantenían esperanzas de que apareciera con vida.
-Es hora de tomar acción compadre, no podemos quedarnos de brazos cruzados y hay que hacer algo. Lo que sea. Mi plan es hacernos escuchar y para eso voy a usar la relativa fama que obtuve como empresario en el estado, para llamar la atención. Veo que ha funcionado en otros casos y se logra llamar la atención y levantar la voz.
Don Rubén, escéptico pero atento, le escuchaba.
-El caso es que vamos a hacer un viaje a la capital. Vamos a buscar un hotel y vamos a convocar una conferencia para los medios de comunicación, tenemos que hacer saber lo que está pasando en Esperanza y que es posible hacer algo, tenemos que llamar la atención para darnos a conocer y que esto no se repita, que paguen los responsables.
-Compadre, esa es una buena idea, esperaremos que al menos si no se hace justicia aquí, que se sepa en todos lados que se está cometiendo una barbaridad contra nosotros y contra nuestra gente.
Un par de días después, los compadres partieron hacia la capital, en donde frente al Palacio Estatal de Gobierno se plantaron con una manta que leía “JUSTICIA PARA ESPERANZA, QUEREMOS VIVO A MARTIN”
Al cabo de unas horas, varios medios de comunicación arribaron a la plaza Patriotismo, frente a la sede del poder Ejecutivo estatal, para atender la protesta.
-Venimos a denunciar públicamente lo que está pasando en Esperanza. La gente está siendo extorsionada y las autoridades locales no hacen nada. A mí me quitaron mi patrimonio y me secuestraron a mis dos hijos, lo único que tengo en la vida. Estoy devastado y exijo justicia, exijo que las autoridades hagan algo y que me devuelvan a mi hijo -exigió don Rubén-.
-¿Cuántos casos han pasado similares en Esperanza? ¿El gobierno no ha hecho nada? -preguntó un reportero joven pero con aire de venir empezando en el gremio.
-Pues las farmacias, las tiendas de abarrotes, todos están siendo extorsionados y quien no paga, pues paga la consecuencias. A mi hijo me lo fueron a dejar en una bolsa de basura, ningún padre debería enterrar a su hijo y mucho menos de esta manera.
-¿Pero ya pusieron denuncia? -Increpó un periodista de mediana edad, con semblante escéptico.
-Claro que sí pero no tuvo sentido, dicen que no tiene caso, que denunciemos, pero ya está el expediente archivado, todos saben que está pasando algo muy grave y si no paramos ahora, más tarde será peor.
-Señor Langarrosa, usted es una persona conocida por sus actividades empresariales y hoy se suma a esta protesta… -Señaló otro reportero-
-Yo vengo a apoyar a mi amigo y vengo a exigir que se haga justicia, nada más. No tengo nada más que agregar -expresó don Tomás-.
Tras la entrevista, llegó un representante del Gobernador a atender a los dos señores y se comprometió con ellos a ‘dar extensivo seguimiento’ al caso, disculpando la ausencia del mandatario estatal quien andaba ‘en actividades fuera de la entidad’.
Esa noche los compadres se quedaron en un hotel, para esperar ver las noticias surgidas al día siguiente. Durante la cena, don Tomás le dijo a su compadre:
-Lo logramos, compadre. Vamos a lograr llamar la atención de las miradas en Esperanza. Seguro lograremos al menos que se empiece a hablar de esto.
Cuál sería la sorpresa y el coraje de los dos al comprar al día siguiente los periódicos y no encontrar información acerca de la protesta, salvo un boletín de prensa escueto y que venía reproducido íntegramente a modo de nota informativa en tres diarios, que rezaba ‘GOBIERNO ESTATAL ATENDERÁ QUEJAS DE CIUDADANOS DE ESPERANZA”:
“El Asistente del C. Gobernador de la Entidad se comprometió con los dos manifestantes que demandan mayor seguridad en su comunidad, a establecer con el municipio de Esperanza los tratados de cooperación que permita utilizar un marco definido, para así coordinar un acuerdo de colaboración entre ciudadanía y gobierno en el cual se incrementen las condiciones de bienestar, desarrollo y armonía para la integridad, del patrimonio y la vida de sus conciudadanos, mediante los canales a los que el Gobierno siempre ha estado comprometido a cuidar como función primordial para la que fue electo con el apoyo de la confianza ciudadana. De esta manera, se establecer la voluntad de las autoridades a resolver las problemáticas sociales, como siempre ha sido la política de trabajo en esta administración”.
Nada de la denuncia. Nada de la muerte de Rubencito. Nada de las extorsiones, ni nada acerca de la complicidad de las autoridades.
Visiblemente molesto, don Tomás tiró a la basura los ejemplares. Don Rubén iba en silencio, preocupado por su hijo y con la seguridad que este viaje y esa demanda no tuvo resonancia, se sentía solo en esto.
-Pinche gente sin escrúpulos -murmuró don Tomás, una vez más, antes de emprender camino de regreso hacia Esperanza-.
Ellos ignoraban que en un rincón de un portal de Internet, figuraba de manera íntegra la demanda que ellos habían realizado y aún más, la historia de los dos hijos y el negocio. Esto se debe a la razón obvia de que ellos eran personas mayores y no conocían el Internet.
6.- Problemas todos los días.
Pasaron las semanas en Esperanza sin noticias de Martín Armida. En un pueblo no tan grande como éste, pues las noticias comenzaron a circular de boca en boca, la horripilante escena de su hermano mayor, entregado a sus padres de forma grotesca en una bolsa de basura, se había vuelto ya tema de conversación e incluso se especulaba que este era el principio de una larga agonía para esta otrora apacible comunidad. Había un fantasma circulando por las calles, la gente ya no salía, el miedo tocaba a la puerta una noche y después ya no era nada igual, las jovencitas desaparecían y los negocios cerraban sin necesidad de dar explicaciones.
La salud de doña Mariana comenzó a deteriorarse al grado que tuvo que ser hospitalizada porque ya no comía, no dormía y sólo tomaba líquidos. Ella y su esposo dejaron de ir a misa, temerosos de las miradas de lástima y acusación de mucha gente ignorante que empezó a divulgar el rumor que sus hijos estuvieron en malos pasos y por eso los mataron.
Debido a que don Martín estaba prácticamente en la quiebra, don Tomás tuvo que pagar todos sus gastos. Su solvencia económica era robusta, pese a que cada semana, por la situación imperante en Esperanza, dejaba de asistir a laborar uno o dos trabajadores de la mueblería, pues huían de ese pueblo, por lo cual el patrón se veía en la necesidad de contratar empleados eventuales, sin experiencia en el oficio y que muchas veces dementaban la calidad de sus productos.
Rubén Armida pasaba los días enteros en el hospital, hasta que un día don Tomás lo vio regresar solo a la hacienda, con una cara de tristeza inexorable, la cual sabía, era la misma cara que él había puesto hace muchos años cuando vio partir a la madre de sus hijos. No hubo necesidad de explicaciones, sólo un abrazo largo, nada de palabras de ánimo ni conmiseraciones.
Conforme el invierno se acercaba, la tristeza en el aire era imposible de evitar. A mediados de noviembre, los dos amigos salieron a cazar al campo como en sus viejos tiempos, en un intento de distraer la pesadumbre que no sólo había invadido la vida del desafortunado recién viudo, sino la de su mejor amigo, quien pese a mantener un semblante de fortaleza y entereza, también lo comía la angustia y la zozobra. En ese viaje, Rubén hizo una reflexión espontánea tras fallar el tiro a un conejo furtivo.
-No entiendo porqué Dios me hizo esto. No entiendo qué hice tan mal, para merecer esta pena, fui un buen hombre, un buen padre, no robé, no maté, enseñé valores a mis hijos.
Tras un largo silencio, don Tomás respondió.
-Los dioses no definen nuestra vida, ni nuestros actos, compadre. Esto no es un castigo para usted. Nosotros vinimos a dejar algo a este mundo, sin embargo hay gente mala que pretende evitarlo. Compadre, le pido de favor que mantenga la fé, se que es imposible tener la cara para pedírselo, pero aquí estoy yo y estoy con usted hasta el final, pase lo que pase. Tenga la seguridad de que Martín va a aparecer. Vamos a salir de esta, compadre.
Sin embargo el semblante de Rubén no cambió. Era como hablar con un fantasma, con un alma que había perdido la fé, el sentido, la esperanza y carecía de un propósito.
Un día, el cuarto de visitas estaba vacío y el compadre de don Tomás no aparecía por ningún lado. Al preguntarle a Ponciano, le comentó que lo vio salir temprano y pensó que salió a caminar en los alrededores, sin embargo al paso de las horas creció la incertidumbre pues era evidente que tal vez no regresaría.
Las horas pasaron y se convirtieron en días. Dar aviso a las autoridades sobre la desaparición de don Rubén era impensable después de lo que había ocurrido. Sin embargo, tenía la certeza que no había sido la gente mala la que había tenido que ver en su desaparición, sino algo peor: La muerte de la voluntad de seguir vivo.
Pese a que don Tomás realizó búsquedas durante una semana entera junto con sus capataces buscando rastros de don Rubén, el viejo no apareció. Ni siquiera en el pueblo supieron dar señas de él. Era como si se lo hubiera tragado la tierra, dijo atinadamente uno de los capataces más jóvenes de la hacienda. Tal vez se perdió en las llanuras, dijeron. Tal vez es la edad, agregaron otros. La realidad es que su querido amigo, su compañero de escuela, su compadre, desapareció sin dar alguna explicación y esta situación angustió visiblemente al propietario de Muebles Rústicos Esperanza, quien hacía grandes esfuerzos por mantener la idea de que Armida estaba con vida, en algún lado, tal vez con las ganas de hacer una nueva vida en otro lugar.
Así pasaron días más y lo único que mantenía con cierta alegría a don Tomás era seguir sacando su empresa adelante y la idea de que su hija, Andrea, vendría a visitarlo para la cena de Navidad en un par de semanas. Sin embargo la tristeza en su interior era abrumadora a tal grado que era imposible de ocultar para sus empleados más cercanos, incluso para Ponciano, su hombre de confianza, quien tenía que hacer los tradicionales viajes de los lunes al pueblo sin la compañía de su patrón.
Un día, mientras supervisaba la fabricación de una mesa con uno de los empleados más nuevos, don Tomás tuvo un mal presentimiento cuando vio acercarse a la entrada de su rancho una camioneta de último modelo, negra y con los cristales ahumados, de la cual se bajó un individuo de estatura media, impecablemente vestido y con una actitud muy arrogante.
Durante este tiempo nunca pensó que vendrían a cobrarle. Aún más, pensó que debido a su estatus como productor reconocido en la región los criminales no se atreverían a llamar la atención metiéndose con sus negocios. Bastó un segundo para darse cuenta que obviamente estaba en un error y que si no habían ido a extorsionarle, era porque su rancho estaba lejos o por alguna otra razón que no valía la pena indagar.
7.- La ira es más funcional que la tristeza.
Don Tomás Langarrosa salió a recibir personalmente a su visitante, quien se mantuvo de pie en la entrada sin decir una sola palabra, esperando que su figura, su atuendo y su porte dieran a entender de quién se trataba. El sujeto no portaba armas aunque era evidente que en la camioneta habían otras personas que estaban seguramente preparadas para cualquier eventualidad si la situación lo ameritase.
Al aproximarse a la entrada, Tomás mantuvo la esperanza muy vaga de que posiblemente se tratara de un cliente interesado en sus muebles. Obviamente al ver al sujeto de pie y los tipos que le acompañaban, sabía que no era así.
-Buenos días, señor. Dígame en qué le puedo servir. Soy Tomás Langarrosa, propietario de esta hacienda.
-Yo sé perfectamente quién es usted -respondió el sujeto-. Creo que usted ya tiene una idea de quién soy yo.
-Así es, señor. Creo que no es necesario explicarme quién es, a qué se dedica y cuál es su asunto en este lugar. Me queda muy claro a lo que viene.
-Creo que nos vamos a entender muy bien usted y yo, don Tomás. Entonces ya se imagina que venimos de parte de La Organización y quiero ser muy claro con usted: Si coopera, usted podrá continuar con su negocio y con toda esta buena gente, trabajadora, que tiene a su cargo. Nosotros somos personas de palabra, que a los nuestros los protegemos y que sabemos cumplir con lo que decimos. Pero pues si las cosas salen de otra manera…
Se hizo un largo silencio en el cual don Tomás trataba de mirar a través de los lentes oscuros de su interlocutor, quien no se había presentado.
-Antes que nada creo que si son personas de palabra me gustaría saber con quién estoy hablando.
-Mi nombre no importa, pero si usted lo quiere saber, puede llamarme 19.
-Está bien, señor 19, entonces creo que lo que usted quiere es dinero.
El tipo esbozó una leve sonrisa al escuchar la última palabra de don Tomás.
-Así es señor don Tomás. Me alegra saber que usted es una persona muy inteligente y que—
-No he terminado. Sé lo que han hecho, han contaminado a este pueblo y lo han condenado a la ruina. He visto mucha gente muy buena sufrir por las consecuencias de sus actos. Son gente sin alma, ustedes no son demonios como la gente quiere verlos, son gente sin escrúpulos y sin corazón que no piensan en el daño que ustedes están haciéndole a este país.
-Esto es muy conmovedor, don Tomás, por favor le pido que no siga, pues me va a hacer llorar -respondió 19 en un evidente tono de sarcasmo-. Le recuerdo que la agresión nunca será una opción hacia nosotros, sólo estoy tratando de llegar a usted por la buena porque se lo merece, es uno de los empresarios más reconocidos de Esperanza y al menos merece la oportunidad de que nosotros vengamos hasta su hogar a proponerle nuestra protección y nuestra ayuda. Hay gente que desearía tener esa opción, don Tomás. Y aún más que venga uno de los líderes de nuestra organización a plantearle un acuerdo en el cual los dos saldremos beneficiados, en la figura de un amigo y servidor.
-Bueno, entonces vamos a dejar esto muy en claro. No les tengo miedo. Nunca se los tuve y deseaba enfrentarlos cara a cara para decirles lo que realmente pienso de ustedes. Sé lo que han hecho, han masacrado familias enteras, han violado jovencitas, han asesinado niños y han destruido la vida de gente cercana que aprecio mucho. Pero quiero que sepa de una vez, que usted no va a ver ni un centavo de mi parte.
-Entonces así va a ser.
Se hizo un silencio incómodo, en el cual don Tomás empuñaba su mano derecha con una furia que nunca había conocido en su vida. Antes de decir otra palabra, el señor 19 prosiguió.
-Bueno, don Tomás, quiero que sepa que en base a lo que usted me está comentando, pues he decidido tomar una decisión. Me gusta su lugar, no me gustaría verlo en llamas ni me gustaría terminar con esta noble actividad que durante años usted ha llevado a cabo con honor y dignidad. Sin embargo para La Organización es imposible aceptar una respuesta en los términos que usted me plantea, por lo cual entonces pasaremos a expropiar su propiedad, me parece que puede ser muy valiosa para mí.
-No hay manera en la que ustedes puedan hacerse con mi rancho.
19 soltó una risa burlona.
-Claro, lo que pasa es que usted no sabe. Verá, tenemos algunos notarios trabajando con nosotros en la capital, y vamos a hacer que usted firme una cesión de las tierras para nosotros, quiera usted o no. Piénselo, su vida vale mucho como para sacrificarla por un pedazo de tie—
-Cállese la boca. No vuelva jamás a mi propiedad. La próxima vez que lo vea por aquí, júrelo que no será en estas mismas condiciones y voy a defenderme con todo lo que tenga a mi disposición para evitar que ustedes se salgan con la suya. Conmigo ustedes no van a poder. Ahora si ya terminó, por favor le pido que se retire. Buena tarde señor 19.
Con un poco de incredulidad, el sujeto le lanzó una mirada amenazante que atravesó sus gafas oscuras Ray-Ban, y musitó una educada despedida que claramente iba entre la amenaza y la declaración de guerra.
-Nos vemos en dos semanas, señor Langarrosa. Que tenga usted también buena tarde.
Acto seguido, 19 abordó su camioneta y ordenó a su chofer que se marcharan sin más.
Esa jornada laboral terminó normal pues solamente Ponciano se había dado cuenta de la llegada de las fatídicas visitas. Todos se retiraron a sus hogares como cualquier otro día y don Tomás les dio las buenas tardes como había hecho al despedirse de sus empleados durante varias décadas de trabajo.
Esa noche, don Tomás no durmió, contemplando en silencio su granja y en su taller desde la ventana de su habitación, donde reflexionó profundamente sobre el próximo paso que tendría que dar a partir de las situaciones que ahora se le habían presentado a la puerta de su hogar.
8.- Situaciones "atípicas".
En los dos días posteriores, don Tomás Langarrosa fue visto muy poco en su terreno. Salía desde temprana hora y ni siquiera Poncho, que era su capataz de confianza, llegaba a verle hasta muy noche. Días después, llegaron varias camionetas de ganado que se llevaron todas las reses y los caballos de la granja, puesto que habían sido puestas a la venta según constaban documentos que firmó don Tomás.
Si no se la pasaba fuera vendiendo el ganado, se recluía en su estudio bajo llave. Nadie podía molestarlo, ni siquiera salía a comer, salvo una taza de café y una rebanada de pan tostado.
La incertidumbre creció cerca de las fechas del 12 de diciembre, en donde siempre el patrón solía organizar una fiesta para sus empleados con motivo de La Guadalupana. Un día antes de la fiesta, no se le veía por ningún lado.
Sin embargo, el día de Nuestra Señora de Guadalupe, don Tomás le ordenó a Ponciano acompañarle al pueblo para comprar refrescos, chocolate y tamales que había mandado a hacer en una de sus numerosas salidas.
Asaltado por la duda y en el largo camino hacia Esperanza, el capataz finalmente trató de despejar sus dudas sobre la extraña conducta de su patrón.
-Dígame algo patrón. La verdad es que la gente ha estado preocupada por usted, ya no se le ve como antes en el rancho, están diciendo que usted anda muy triste por lo de don Rubén y me gustaría saber si es así.
Don Tomás no respondió, siguió mirando hacia el camino mientras manejaba.
-La verdad patrón es que no quiero meterme, pero pues la verdad tenemos más de 10 años trabajando juntos, creo que puede confiar en mi si quiere hablar de algo, lo que sea patrón.
-Creo que viste a las personas que me visitaron hace unos días, Poncho.
-Claro, creí que eran clientes o de alguna revista que venían a entrevistarlo, como la que leí el otro día. Se veía que era gente de dinero.
-Pues algo así, Poncho.
Con esa respuesta el medianamente ingenuo capataz entendió que se trataba de gente mala.
-Ya entiendo patrón. Lo siento mucho. No sé que decirle. Me está dando miedo que esa gente se meta con nosotros.
-No deberías. El miedo es de lo que esa gente se alimenta. Viven de imponerse, no tienen otro valor más que el respeto a través de la intimidación, Poncho. No hay que temerles.
-Supongo que va a entrarle, por eso lo de la venta del ganado. Qué tipos tan cabrones, son unos hijos de la verga.
-Te pido que no te expreses así en mi presencia, Poncho, sé que es gente vil y se lo merecen, pero bueno, aclarando tu duda, no les voy a dar dinero. Nada.
-Entonces prefiere vender su ganado para que no se lo queden, entiendo.
-Tampoco.
Se hizo una pausa larga en lo que llegaban al pueblo. Don Tomás no dio explicaciones y Poncho no quiso preguntar más. Sin embargo antes de llegar por los alimentos, la camioneta hizo alto y el viejo miró fijamente los ojos de su regordete capataz.
-Quiero ser franco contigo. Las cosas no van a ser iguales, todo va a cambiar. Te pido que por favor entiendas que lo que pase en el futuro, pues lo comprendas y necesito que sepas que para mí has sido una persona leal, comprometida, honesta y capaz. Si en este pueblo, si en este país hubiera más gente así como tu, sin duda que otro destino tendríamos.
-Muchas gracias, patrón. Me asusta un poco que sea tan expresivo. ¿No se va a morir, verdad?
-No lo tengo planeado. Ahora vamos por las cosas que se hace tarde.
Esa noche, la celebración de la Virgen de Guadalupe marcó un ambiente de fiesta que la hacienda Langarrosa no había visto en muchos meses, había bailes, comida, rezos e incluso el patrón pagó un mariachi para dar las mañanitas. Muchos empleados asistieron acompañados por sus familias y los niños jugaban en las afueras con los pocos pollos y puercos que aún no había vendido don Tomás. Parecía que la alegría había vuelto, al menos por una noche, hasta que el patrón juntó a todos sus empleados para dar unas palabras. El único que tenía una idea de lo que iba a pasar era Poncho, quien iba acompañado por su esposa y sus tres hijos.
-Quiero darles las gracias a todos por venir. Creo que saben que hemos tenido un año muy difícil, como pueblo, a todos en Esperanza, nos ha tocado vivir situaciones extraordinarias y creo que nos enfrentamos a una situación que nunca hubiéramos imaginado. Creo que han habido algunas dudas por parte de muchos de ustedes acerca de lo que ha estado pasando y creo que este es el momento adecuado para decirles lo que les voy a decir.
El gesto de los asistentes pasó en un segundo de la felicidad a la incertidumbre.
-Hemos hecho muchas cosas extraordinarias juntos. El éxito de esta fábrica se los debo a ustedes, pues nunca hubiera podido haber realizado esto por mi cuenta. Todos ustedes merecen lo mejor y han sido personas comprometidas, por eso me cuesta mucho trabajo decirles lo que les voy a decir.
Era claro que don Tomás estaba tratando de buscar la manera adecuada de dar la noticia que ya muchos anticipaban.
-Bueno… La cosa es que… He decidido… Cerrar temporalmente el negocio.
Su voz se cortó. Las caras de tristeza súbitamente se mostraron entre todos los asistentes. Temían lo peor. El cierre inminente de su sustento, despidos masivos, amenazas por parte de La Organización, todo podía pasar y anunciaba un futuro incierto en la peor época del año para recibir malas noticias. Sin embargo, tras una pausa muy prolongada, don Tomás tomó fuerzas y reanudó.
-No piensen mal. No voy a retirarme ni mucho menos. No está la situación tan mal. Sin embargo pienso en ustedes. Pienso mucho en sus familias y pienso en lo que les estoy anunciando. La realidad es que mandaré a remodelar este lugar. Voy a meter más máquinas. Por eso he andado fuera, anduve del otro lado viendo unos aparatos y creo que lograremos crecer aún más. Pero por el momento voy a necesitar que ustedes se tomen unas vacaciones y por eso he vendido todo mi ganado, pues cada uno de ustedes recibirá una compensación por más de tres meses de sueldo para que vivan bien, además de un buen aguinaldo, pues ustedes han estado a mi lado en los peores momentos. Después de eso, les aseguro volveremos, más fuertes que nunca y vamos a seguir adelante. Les pagaré hoy mismo, a la salida y sus vacaciones serán efectivas a partir de mañana.
Acto seguido todos los presentes ovacionaron al patrón, quien se quedó con las ganas de decir algo más: “Saldremos adelante de esto”.
Sin embargo, entre todo el ambiente festivo, el único que miraba esta escena con total escepticismo e incredulidad era Ponciano, quien sabía que había algo muy grave detrás de esta medida inesperada.
9.- El final de la fiesta.
Aquella fue una noche de baile, alegría y desenfado. Los empleados, felices, continuaron la juerga hasta las siete de la mañana, situación que don Tomás consintió de manera inusual, pues en sus reuniones por lo general la gente se retiraba a la una de la madrugada. Al irse el último autobús con los últimos invitados, don Tomás contempló el sol que se vislumbraba sobre el camino de terracería que llevaba a su finca, tal vez con un poco de nostalgia y deseando que días como ese se volviesen a repetir.
El viejo Langarrosa sólo durmió tres horas. Nunca dormía de día, pero se sentía cansado. Sin embargo durmió muy poco para una persona de su edad, pero sabía que había muchas cosas por hacer. Al levantarse, se encargó de limpiar lo que quedó de la fiesta y se alistó para salir.
Antes de subir a su camioneta, volvió a contemplar la tranquilidad del paisaje solitario que se respiraba en su finca y los alrededores. El aire frío soplaba levemente y contrastaba con el sol desértico, pero sólo respirarlo podía dar una sensación de paz y confort. Parecía un ambiente idílico, sacado de un fresco del Dr. Atl, el pintor favorito de Tomás Langarrosa. En ese momento de reflexión y solaz, el viejo se dio cuenta que pocas veces su finca había estado tan tranquila y solitaria en todas las décadas que había habitado. Siempre fue una casa feliz, ahí vio crecer a Andrea, su hija, a Jaime, su hijo mayor y ahí fue el lecho de muerte de Marcela, su querida esposa.
Pensó por un momento en sus hijos. Andrea vivía en Phoenix con Scott, un muchacho que conoció durante su residencia médica en esta ciudad. Se casó, tienen dos pequeños y lo visitan muy poco. Sin embargo, ella vio a su madre muy poco y desarrolló una relación con su padre muy estrecha, si bien hablaban una vez al mes, siempre estaba al pendiente si algo sucedía. Él siempre fue algo duro con ella y desde que ella empezó la adolescencia, fue un poco más distante con su papá.
Por otro lado, Jaime vivía en España y viajaba mucho. Debido a la diferencia de carácter entre el padre y el hijo mayor, nunca hubo una relación muy fuerte. En el fondo Jaime siempre culpó a su padre del deterioro de la salud de su mamá y siempre pensó que don Tomás pudo haber hecho más para salvarla, aunque en realidad en esa enfermedad no quedaba mucho por hacer. En fin, que el hijo tenía más de tres años sin pisar Esperanza y un año y medio sin establecer contacto telefónico con su padre, situación irónica dado que era editor de una de las revistas de tecnología más importantes de aquella nación y viajaba constantemente.
El tic tac del reloj que eligió Marcela antes de la pesadilla de su cáncer y subsecuente muerte, sonaba en la lejanía. Su ruido era un tambor hipnótico que hacía armonía con el aire de la meseta y la tranquilidad idílica que ese pequeño punto del mundo daba en ese momento del año, de su vida, del mundo. Por un momento, sintió escuchar las risas de sus dos hijos, cuando eran pequeños, como cuando jugaban con él.
Don Tomás se sentía raro pese a que no había bebido gota de alcohol la noche anterior. De hecho, la última copa que bebió fue antes de la desaparición de don Rubén, su mejor amigo. Pensaba, 'si bebo, me pondré triste, nostálgico, melancólico'. Sin embargo, ahí parado en la entrada de su finca, en ese momento sentía una resaca emocional, una sensación de intranquilidad que ni el aire, ni el viento, ni el sol, ni la calma del hermoso paisaje de invierno le ofrecían.
Sabía que había pasado por mucho en estas semanas y que sin embargo, aún no había comenzado nada. El fin de la inocencia.
Tal vez pasó media hora, cuarenta y cinco minutos. El viejo de pie, frente a su camioneta, mirando al horizonte, en una reflexión profunda de sus próximas decisiones. Habían pasado días enteros sin dormir bien, planeando, anticipando, midiendo. Había estado en esto en jornadas mentales de hasta 10 horas, en silencio, en la soledad de su estudio, pero parecía que su plan había tomado más de 30 años.
Finalmente, abandonó su estado de trance, abordó la camioneta y salió de su rancho a enfrentar lo que venía.
Sólo tenía tres días para que se cumpliera el plazo que le dio 19 para entregarle su rancho.
10.- La peor de las plagas.
“If your enemy is secure at all points, be prepared for him.
If he is in superior strength, evade him.
If your opponent is temperamental, seek to irritate him.
Pretend to be weak, that he may grow arrogant.
If he is taking his ease, give him no rest”.
Sun Tzu - The Art Of War
-Good day sir, did you found everything you were looking for?
-Yes, ma’am, thanks a lot. You have quite a hardware stock right here.
-That is quite a plague you are trying to catch, sir. It appears that you’re going serious about it.
-Yes, indeed, i have gophers. Very big ones. Have to get rid of them immediately.
-Perhaps you would like to know that we have a new poison formula for rodents and other farm plagues. It is on sale since Friday and is highly effective. It has been approved by the state government recently, so it is legal and very lethal.
-No, i am not, thank you very much. I prefer catching the critters right in the spot.
-Your decision, sir. So it will be tripwires and traps then.
-Yes. Excuse me, ma’am, do you speak spanish?
-Claro que sí. Disculpe, es la costumbre.
-No importa. Me voy a llevar entonces estas trampas para osos, estos alambres de púas, queroseno, aspas de repuesto para mi podadora, aquellos materiales de la segadora de trigo, quiero que me enrollen 35 metros de alambre de cobre, aquellos interruptores, los motores automáticos para puertas, el material de aquella estantería también lo voy a querer, la pala, el pico, el juego de herramientas y aquellas luces de 50 watts de alto poder.
-Parece que usted va en serio con lo de sus plagas, señor.
-Si, es que no tiene idea. Es difícil comprar todo esto allá donde vivo. Por eso me comentó un primo de esta tienda y decidí darme una vuelta, sé que es un trayecto muy largo pero valió la pena, es una fortuna que encontrara todo lo que buscaba. Muchas gracias señorita, me ha sido de gran utilidad su ayuda.
-Claro que sí señor. Serían ocho mil quinientos treinta dólares. Si gusta pagar con tarjeta tenemos promociones.
-Efectivo, si es tan amable. Tengo mis ahorros.
-No se ofenda, pero ustedes los rancheros son muy raros, señor.
-Un poco, sí.
-Bueno, ordenaré inmediatamente que le suban todo a su camioneta. ¿Es la roja que está allá afuera, verdad?
-Si, la Cheyenne.
-Muy bien, en un momento estará listo su pedido. Mientras tanto, si es tan amable, puede esperar en lo que le puedo ofrecer una taza de café.
-Es usted muy amable señorita. Se lo agradezco.
Tras haber cargado los empleados todo lo que pidió don Tomás en su camioneta, todavía visitó dos lugares más, una tienda de electrónica y una ferretería, en búsqueda de varios accesorios. Ni siquiera hizo una escala para comer, sólo paró en una estación de gasolina para cargar combustible en su retorno.
El viejo Langarrosa no tuvo mayores problemas en regresar por la frontera ni en su viaje de regreso a Esperanza.
Ya entrada la noche, don Tomás estaba algo fatigado y reparó en el hecho que le había dado las gracias a Poncho. Estaba solo y debía descargar todo, pues tenía una cita que había acordado por teléfono al amanecer y no podía fallar. Con gran pesadumbre, el viejo Langarrosa descargó todo y lo dejó en la sala de su hacienda, la cual inusualmente había quedado en un completo desorden entre todas las herramientas, fierros, productos de obra y luces que había comprado. Sin embargo, estaba tan exhausto que no podía mover ni un alfiler más.
Ni siquiera llegó a su dormitorio pues cayó dormido en el sofá de su sala, frente a todo el tiradero. Eran las 4 de la mañana de un día intenso que transcurrió muy rápido.
11.- La ruta más lenta.
Al roce del amanecer, don Tomás tomó su camioneta de nuevo para encontrarse con un viejo amigo, David, en el paraje donde se celebrase el último torneo de cacería que se había organizado en Esperanza. Un sitio así de inhóspito era el lugar ideal para que se encontraran.
David llegó puntual como lo había anunciado. Don Tomás se veía algo fatigado, por la falta de sueño y la extensiva jornada de preparativos que había realizado el día anterior. Esto lo notó David, quien acudió bien vestido a la cita, a bordo de una gigantesca camioneta blindada que bien podía pasar como la de uno de los ‘demonios’ que que tenía a la gente del pueblo sumida en el terror perpetuo.
Bromista como siempre, David trató de romper el hielo.
-Tomás Langarrosa. Me habían dicho que parecías una calavera pero no creí que estuvieras tan jodido, se te ve la médula y el tuétano. ¿Qué te pasó?
-Sólo te permito hacerme ese tipo de bromas porque estoy muy cansado. No dejo que nadie me falte el respeto, pero en fin, he tenido mucho trabajo y pues me he mantenido bastante ocupado. Creo que ya sabes para qué te hice venir hasta acá.
-Por supuesto, créeme que no tomaría en broma que don Tomás Langarrosa me llamara para citarme en medio de la nada unos días antes de Navidad. Es todo un pedo venir hasta acá. Pero sabes que soy una persona… ¿Cómo le dicen aquí? Bueno, allá le llaman ‘resourceful’. Me parece un poco inusual lo que me platicaste por teléfono, pero por los años de conocerte y por el respeto que te tengo, decidí venir.
-Supongo que tu negocio va bien.
-Mejor que nunca. He tratado de mantenerme lejos de la tentación, tu sabes, de salirme de mi esquema de negocios. No porque no pueda, claro, pero no le veo necesidad, tengo muchísima competencia en ese ramo y pues no tiene caso. Sin embargo somos los mejores, me vienen muchos clientes, ya sabes, tejanos locos, bueno, no soy quién para cuestionarlos, me da un poco de miedo que puedan ocasionar un tiroteo en una escuela o algo, pero bueno, mi responsabilidad acaba cuando abandonan la tienda y una vez que salen pues pueden hacer lo que quieran. Pero vamos al grano. Supongo que si estoy aquí y me has pedido esto, es porque estás hasta el cuello de mierda. No me tocaría usualmente preguntar esto, pero creo que por ser tú debo preg—
-No preguntes, David. No te traje para esto. Te traje aquí para hacer negocios. Tú eres la única persona que se atreve a hablarme de tú y eres necio como la mierda. Eres como un dolor de muela, hablas demasiado, eres ladino, poco educado, un naco. Pero bueno, no vine aquí para charlar, entonces a lo que venimos.
David esbozó una sonrisa cínica, no tenía signo de haberse ofendido por la dura respuesta de don Tomás.
-Bueno, sí. Pero pues la verdad me asombra que un tipo de negocios, respetado, sin problemas, de repente te llame a mitad de la noche y te pida armas de asalto...
-Si ya terminaste me gustaría pasar a los negocios.
-Bueno, como sea. Que así sea. Debo preguntarte: ¿Para qué tanta compra?
-La estrategia va antes que las tácticas. Es la ruta más lenta hacia la victoria.
-Qué profundo, viejito. Me pregunto donde leíste eso.
-Lo he pensado últimamente. Suficiente charla. Es hora de los negocios.
Tras entregar el dinero en una maleta de cuero, David descargó todo en la camioneta de Don Tomás.
-Es hora de despedirse -dijo David-, creo que no nos volveremos a ver.
-Yo tampoco lo creo. Adiós.
Finalmente los dos hombres abandonaron el paraje del desierto en direcciones opuestas.
12.- Nada personal.
La gente de 19 llegó puntual al salir el sol, a bordo de una solitaria camioneta de último modelo, a la puerta del rancho de Tomás Langarrosa.
De ella bajaron cuatro personas. Una de ella vestía traje, las otras tres parecían uniformadas, de botas puteadas, pantalón de mezclilla, camisas a cuadros pegadas y lentes oscuros. Resaltaban sus mariconeras de cuero.
Cuando llegaron a la puerta de Don Tomás, el anciano, ahora en soledad, desayunaba huevos con tocino en su cocina. Aunque escuchó el ruido del motor y la gente que bajó del vehículo, los hizo esperar en el porche de su casa durante veinte minutos, en los cuales terminó tranquilamente su desayuno, finalizó su café, levantó los trastes y los lavó.
Don Tomás vestía un traje que pocas veces usaba, pero que a pesar de haberlo usado por última vez hace años en la boda de su hija aún le quedaba bien. Distaba mucho esa imagen de hombre de negocios, del ranchero que vestía sencillo al que todo el pueblo conocía.
Finalmente el viejo Langarrosa los recibió, les abrió la puerta a los cuatro individuos y los hizo pasar a su sala rústica. Les ofreció agua o brandy, a lo que los tres hombres empistolados se negaron, pero el individuo de traje, que traía un maletín negro, sí le aceptó un vaso con agua simple.
Sentado en su sillón, el empresario inició la conversación.
-Bien, escucho.
El tipo de traje tomó la palabra.
-Soy el licenciado Santillana y creo que ya sabe a lo que venimos. Es algo muy simple, no le vamos a quitar su tiempo más del necesario, señor, sé que debe estar haciendo preparativos y que esto puede ser tan sencillo como usted lo disponga. Realmente tiene que firmar unos cuantos papeles que traigo conmigo, y nos iremos. Entonces le daremos unas cuantas semanas para que usted arregle sus asuntos y pues, nos deje entrar aquí. Es más, el jefe nos ha dicho que si quiere, puede quedarse para Año Nuevo, no pasa nada, pero ya en enero pues nosotros o más bien, la gente del jefe vendría y pues ya se quedarían aquí.
El abogado, con una pose de altivez y con toda seguridad, miraba al viejo Langarrosa, quien le devolvía una mirada de enigma con las manos juntas, entrecruzadas y por debajo de la nariz, haciendo imposible divisar la expresión de su boca. El licenciado Santillana prosiguió.
-Creo que está de sobra decir que en esta operación, pues estamos dando el privilegio de garantizar su seguridad y la de sus seres queridos, señor. Por eso es que nosotros o más bien, nuestro jefe, determinó que pues no habría una transacción económica, más bien pues usted firmaría estos documentos, en los cuales se compromete con nosotros, hacemos un pacto de gente honesta, de caballeros y con palabra, la palabra de nuestro jefe.
La mirada de don Tomás se encendió levemente cuando el abogado le mencionaba términos como la honestidad. Sin embargo, prosiguió su silencio y dejó hablar al leguleyo.
-Nosotros no queremos hacerle daño a nadie, señor. No somos tan malos como la gente piensa, no somos demonios y pues yo soy sólo un simple mediador, entre sus intereses comerciales y los intereses que son los más convenientes. Por favor, no lo tome como algo personal, pues no queremos hacerle daño ni seguramente usted quiere problemas con nosotros, somos hombres de negocios, también tenemos que comer y nuestras familias, no somos seres despiadados y sabemos de su reputación y que seguramente puede quedarse tranquilamente a vivir unos últimos años en paz con alguno de sus hijos que viven en el extranjero y a quienes tenemo identificados, sabemos que viven en lugares donde usted podría pasarla tranquilo, sin preocupaciones y con la seguridad que nosotros vamos a hacer buen uso de su propiedad. Nada personal, insisto.
El abogado hizo una leve pausa para tomar un sorbo de su vaso con agua. Prosiguió:
-No hay que ser innecesariamente rudos, don Tomás. Su silencio me empieza a incomodar.
Se armó un silencio en la sala. Los tres hombres armados no habían musitado ni una sola palabra, ni siquiera habían cambiado de postura, pero sus ojos apuntaron de repente hacia el anciano.
Tras una larga pausa, don Tomás miró hacia la ventana, hacia un árbol que estaba en el jardín. Se mantuvo así por un par de minutos, miró al licenciado Santillana y le apuntó una mirada que atravesaría el acero.
- Seré breve: Jódanse. Ustedes, su organización, todo. Váyanse al infierno.
Tras esta breve sentencia, los hombres y el abogado determinaron que no había más que conversar. Antes de irse, el abogado sentenció:
- Es usted un hombre valiente. Pero eso no lo va a ayudar en esta situación. Venimos a recuperar lo que exigimos, mañana a primera hora. Será mejor que no esté cuando eso pase.
-Será mejor que no vengan. Por su bien.
El convoy abandonó el rancho enmedio de una silenciosa noche.
13.- Dos llamadas.
-Hello?
-Hola hija, sé que es inusual que llame a esta hora. ¿Todo bien por allá?
-¿Qué pasa, papá? ¿Todo bien?
-Si... Bueno... Ni tanto, mira, creo que no podremos cenar juntos en Navidad como lo habíamos pensado. Te ofrezco una disculpa de antemano.
-Esto no es normal. ¿Qué pasa? Exijo saber qué razón te impide recibirnos. Me niego a aceptar tus disculpas como si nada.
-Mira, hija, no me gustaría que viajaran desde allá para el pueblo. Las cosas han estado muy feas últimamente y me preocupa su seguridad.
-Papá, ya te había dicho, vente con nosotros. Vende ese rancho, con ese dinero puedes venirte a vivir acá y pasar tranquilo la vida, con tu familia...
-No voy a venderlo y no iniciaré una discusión contigo. Insisto, es peligroso y no quiero que vengan aquí. Pero tampoco me puedo ir.
-¿Porqué? ¿Qué es tan importante para dejar a tu familia, o la que te quiere ver, en Navidad?
Hubo un silencio que duró varios segundos, casi un minuto.
-Mira, hija, aquí las cosas se han puesto feas. Mucho. Una gente quiere adueñarse de mi tierra, no lo voy a permitir. Aquí están mis recuerdos, aquí inicié una vida al lado de tu madre, aquí crecieron ustedes y esto es todo para mí. No voy a dejar esta tierra ni voy a abandonarla. La defenderé con mi último aliento.
-No puedo creer que estés diciendo esto. Estás loco. No puedes estar bien---
-¡Nada está bien! ¡La gente se está muriendo! Esperanza es todo lo que nos queda. No lo voy a abandonar...
-Papá, me estás dando miedo. Llama a la policía, al ejército...
-Están con ellos o en el mejor de los casos no quieren meterse en broncas. Nos han abandonado a nuestra suerte. Perdóname. No tengo otra opción.
-¡Claro que la tienes! No te expongas, son gente mala, aquí en las noticias hablan de ellos todo el tiempo. No los vas a detener.
-No, pero vivir de rodillas no es vida, hija mía.
-Espero que recapacites y entiendas que esta cena iba a ser especial. Tenía un regalo para ti. No cualquier regalo. Ya no es importante ahora así que ahí va: Vas a ser abuelo. Tengo tres meses. Si eso no te motiva, bueno, pues puedes morirte de pie, como dices. Que te aproveche. Egoísta.
-Adiós, hija mía. Tu noticia es lo único bueno que he escuchado en mucho tiempo. Sin embargo es una razón más para defender esta tierra. Adiós y no espero tu perdón, sólo que me entiendas.
La llamada se cortó en ese momento. El viejo lloraba en silencio, en la soledad de su sala.
Dos horas después, sonó el teléfono nuevamente. Era para informarle que su mejor amigo había sido hallado en el desierto, sin vida. Su cuerpo había sido devorado por coyotes pero su alma murió mucho antes.
Lo sabía, estaba en su espíritu. No había marcha atrás. Se acercaba la hora de pelear.
14.- La última batalla.
Tomás apagó su cigarro, mientras miraba fijamente las luces que se avecinaban conforme la mañana se hacía presente.
El ruido era cada vez más grande. 10, 15, 25 camionetas de lujo se divisaban en la luz del alba.
El anciano cogió el rifle de francotirador que estaba sobre la mesa y se acercó a la ventana de la sala, para apuntar hacia el convoy que se acercaba.
A partir de ese momento, se originó una gran batalla en el rancho propiedad de Langarrosa, misma que se escuchó hasta el último rincón de Esperanza.
Fue una cruenta pelea, de un hombre contra más de 50 elementos entrenados para matar a sangre fría.
Un estallido brutal tras otro, por horas y horas, se escuchó durante ese día incluso en el rincón más aislado, en la esquina más lejana del pueblo.
Más tarde, algunos pobladores asegurarían que la pelea duró entre 10 y 12 horas. Otros juraron sentir que la tierra se sacudió. Otros más se refugiaron en la iglesia del pueblo, pensando que los estruendos eran las mismísimas trompetas del Apocalipsis bíblico, anunciando la inminente expiación.
Pasaron 26 horas antes de que personal de corporaciones estatales y mandos militares realizaran un recorrido en la zona del enfrentamiento. Al llegar, el paraje era desolador, similar a un escenario en Medio Oriente.
Los expertos en balística determinarían que los alrededores del rancho estaban rodeados por una gran carga de explosivos enterrados bajo tierra, los cuales fueron detonados a control remoto por Langarrosa al momento en el que las camionetas se estacionaron, tomando a los miembros de La Organización por sorpresa y eliminando en un instante a más de la mitad de sus tropas.
Los mismos expertos concluyeron en base a las evidencias, que tras las explosiones iniciales, hubo un tiempo en lo que lograba disiparse el humo y el resto de los elementos en pie lograban entrar en razón, en el que el viejo tuvo tiempo para apostarse en una esquina y eliminar con su rifle de largo alcance a cuatro elementos más que estaban aturdidos por las explosiones. Dos más perecerían desangrados minutos después a causa de las heridas ocasionadas por estas detonaciones.
Conforme la inspección avanzaba, los agentes encontraron un fusil de asalto, el cual fue tomado por el anciano para emprender una embestida contra la primera ola de agresores que tumbaron la entrada principal. El viejo estaba apostado arriba, en las escaleras de la sala, lo cual le dio una posición estratégica desde la cual eliminaría a tres elementos más.
Acto seguido, los hombres restantes afuera de la propiedad, prosiguieron los expertos, decidieron rodear la casa y flanquear todas las entradas disponibles. Era evidente en este momento que no estaban esperando una oposición tan férrea y que lo que simplemente sería una ejecución se estaba convirtiendo en un baño de sangre en su contra.
Con granadas y gasolina que les quedaba en el único vehículo que no fue dañado por las explosiones subterráneas, procedieron a detonar las habitaciones inferiores de la residencia, prendiendo fuego y generando humo con el cual tendrían cobertura para incursionar en la vivienda.
Una vez en la escalera, tres elementos que encabezaban la avanzada fueron sorprendidos con fuego de escopeta. Dos más cayeron en trampas para oso que estaban escondidas en el suelo, debajo de tapetes. Quedaban diez hombres en pie.
Los sicarios adentro de la casa disparaban a diestra y siniestra, mas el viejo no aparecía por ningún lado. Parecía un fantasma.
Finalmente, de una de las habitaciones superiores se escuchó un ruido, lo cual llamó la atención de dos de los matones, quienes fueron sorprendidos por una granada de fragmentación, pereciendo instantáneamente.
Quedaba sólo una habitación por ocupar por parte de los ocho sicarios que seguían en pie. Descargaron ráfagas por un espacio de 10 a 15 minutos sobre la habitación donde estaba el viejo Langarrosa, quien se habría refugiado detrás de un armario, el cual no resultó ser suficiente cobertura para protegerle pues fue herido en un brazo y en una pierna por esquirlas y pedazos de madera que volaban con la explosión.
Los ocho sicarios ingresaron al cuarto pensando que le habían dado 'piso' al aguerrido don Tomás. Posteriormente, hubo otro intercambio de fuego, en el cual dos hombres más perecieron.
Restaban seis hombres que finalmente lograron someter a don Tomás, quien a causa de las balas había perdido parte de su ojo izquierdo, dos dedos de la mano derecha y su cuerpo tenía catorce puntos de entrada, por los cuales se desangraba rápidamente.
Lo que pasó después, suponían los expertos en criminalística, fue que el viejo fue arrastrado hacia afuera de la casa por los sicarios, entre los cuales estaba el comandante conocido como 19.
Iban a ejecutarlo con un tiro de gracia, tal vez, en una muestra de respeto a tan férrea lucha. Sin embargo, no pudieron terminar con él pues instantes antes del disparo, don Tomás detonó unas cargas de explosivos que traía consigo debajo de su camisa, aniquilando a los seis matones restantes que continuaban a su alrededor.
"Nunca en toda mi carrera había visto algo como esto", mencionó uno de los peritos, visiblemente conmocionado por toda la escena que habían recreado en base a las evidencias. El rancho de Langarrosa había quedado más allá de la destrucción, con cráteres por doquier y la residencia principal en ruinas y sin posibilidad de repararse a causa del fuego y las balas.
Lo único que se mantuvo en pie, fue el árbol donde don Tomás jugaba con sus hijos, el cual para incredulidad de todos los que recorrían el área siniestrada, permaneció intacto.
EPÍLOGO
La batalla en el rancho Langarrosa fue un evento que dejó huella en el pueblo, tal vez el evento más importante que había sucedido en ese lugar en los últimos 100 años, cuando en la Revolución un convoy de Pancho Villa tuvo una pelea en las afueras del pueblo.
Don Tomás se convirtió en un ejemplo a seguir para muchos. Tanto así, que dos semanas después, los medios de comunicación locales, nacionales e internacionales daban cuenta de la aparición del primero de muchos escuadrones de autodefensas Langarrosa, en honor a quien diera la vida por defender su tierra.
Respecto a la propiedad, en cuestión de semanas fue reconstruido por los mismos trabajadores que eran empleados de Don Tomás, quien en los días previos a la batalla que cobró su vida, dejó los bienes a nombre de su hija y de una cooperativa que formarían los trabajadores de la fábrica de muebles, la cual continuó funcionando en ese mismo lugar.
Semanas después, Andrea Smith fue a visitar los avances de la reconstrucción del rancho de su familia. Al partir, don Ponciano le hizo entrega de una carta escrita a mano, del puño y letra de su padre:
Hola.
Sé que si lees esto es porque yo no te lo podría haber dicho jamás.
El primer día que supe que vendrías a mi mundo, no supe que pensar. Eras un personaje ficticio, hasta que caí en cuenta que serías una realidad. Todo mi amor, toda mi vida, había cambiado para enfocarse en ti.
Sé que al principio siempre hay expectativas. ¿A qué clase de mundo, de universo, te venía a traer yo? Nunca esperaste una invitación, no la hubo. Sólo podía quedarme en la expectación de pretender dejarte un mundo que estuviera mejor por un poco. Por un centímetro, tal vez un milímetro.
Toda mi vida la guié así.
Recuerdo cuando un día te llevé a cazar. Estaba lleno yo de expectativas, me levanté más temprano que de costumbre, me preparé y puse todo listo para que abrieras los ojos y fuéramos a la naturaleza, a que vivieras eso tan emocionante que alguna vez de pequeño yo viviera.
Era un momento mágico. La densidad del bosque, era diciembre y era el mismo mes en el que yo pegué mi primer tiro en 1943. Claro que yo fantaseaba con volar la cabeza de un nazi, enamorado de las historietas de la guerra que mi padre me regalaba.
Te dije: Apunta. Concéntrate, pues el rifle es tu único amigo cuando todo lo demás falla.
Te asustaste al ver ese conejo con los sesos de fuera, atravesados por el perdigón que salió de la boca del Remington que te quería regalar cuando tuvieras 12. Fue horrible ver tanto miedo, tanto terror en tu rostro, la inocencia de años perdida en una expresión que jamás olvidaré.
Fue ahí donde me di cuenta que tú nunca serías como yo, pero tomó años más tarde entender que así es como debía de ser.
Tenías 18. Me dijiste que querías estudiar en la frontera y yo accedí. Todo para sacarte de esto, porque no eras igual a mí. Tu madre así lo hubiera querido.
Pasaron años, te casaste, fuiste feliz, te mudaste, creciste, fuiste plena y espero que siempre sea lo mejor. Que vivas lo que yo no viví. Sin embargo no entendiste cuando querías que me fuera de aquí, pues esta vida es para mí y sólo para mí. Es difícil explicarlo, prefiero que sólo entiendas ahora cuando ya todo acabó.
Verás que el mundo que me tocó vivir, desafortunadamente, ahora es diferente al tuyo. No puedo resignarme e ir a refugiarme en una promesa que me das. Debo correr, como el conejo. Sin embargo, a diferencia del conejo, yo sé que puedo hacer una diferencia, pues cuando me defienda nada será lo mismo.
Por ti no puedo resignarme a perder. Por ti, por el amor tan grande como un río, como una montaña, como el aire, como algo más grande que lo que mi alma me permite entender, no puedo legar el fruto de tu infancia ni tus mejores recuerdos a aquello contra lo que siempre te enseñé que había que luchar.
El mal siempre perderá. Éste es mi legado, mi tesoro, lo mejor que les puedo heredar.
Cómo desearía abrazarte. Cómo desearía que todo estuviera bien y que te dijera que esto es una película como las que veíamos en la televisión. Sin embargo ahora te estoy diciendo que sea cual sea el resultado que esta afrenta a la que me estoy encarando y que ahora sabes, es lo mejor que pude hacer. Es mi legado y es la prueba definitiva de demostrarte que el bien siempre prevalecerá. Seré victorioso pues al menos ya me lees y sabes que de entrada la razón y la justicia estaban conmigo.
No pido que me entiendas. No quiero que me juzgues.
Mi amor por tí trascenderá todo. Me tomó 70 años saberlo y ahora es inmortal pues vive a través de estas letras, en esta carta. Aunque nunca la leas, aunque pasen años y algún nieto tuyo la encuentre, aunque pasen 200 años y tus descendencias decidan perdonar esta osadía, sabrán que mi amor por ti es más grande que mi vida misma.
Sigue. No mires hacia atrás. Recuérdame como lo que fui, no como lo que hice pues me costó trabajo siempre expresar esto que digo ahora, en palabras.
Sé que habrá un buen futuro por delante para ti y para tu hermano, tendrán una buena vida y serán buenas personas porque así los eduqué.
Te amo.
Tu Papá.
Tu Papá.