Wednesday, December 10, 2008
Podría esperarte.
algún filme barato de Hollywood,
escribiré quinientas canciones de rock
para que no te aburras
podríamos dibujar el cielo en el suelo
ven sola
no hay nadie en casa
...y puedo esperarte.
Estúpido domingo, no tienes plan.
Atlas contra Puebla, algún partido mediocre,
quinientas canciones de rock, en cola...
ven sola
no hay nadie en casa
...y puedo esperarte
Dime cuál es tu nombre, dame tu dirección
y si me siento solo, ya nos veremos.
¿Has hecho recuento de las victorias y derrotas
en esta dura lucha que todos tenemos contra la soledad?
Sunday, November 30, 2008
Tuesday, August 05, 2008
Diario de Pedro Zúñiga, famoso y connotado escritor.
-No, neta, cabrón, es que mañana d-d-ddebo de r-r-registrarme y es algo temprano...
Se volteó y no dejó que la manoseara. En un acto de venganza tácita, no dejó de molestarme toda la noche con preguntas estúpidas y datos intrascendentes sobre su vida.
Y así, durante las próximas tres horas.
Entre el relato, el dolor de los golpes y el alcohol, vomité como nunca había vomitado en mi perra vida. El coctel, las cervezas, el pedazo de carne asada maltrecho y el sandwich nefasto que comí en la terminal de autobuses antes de llegar aquí, afuera. Al sacar el alcohol de mi sangre de una manera tan grotesca, me invadió una zozobra horrible, una cruda física y moral que nunca voy a olvidar.
Rúbrica:
Pedro Zúñiga.
Un ciudadano del mundo.
Monday, August 04, 2008
Por el rock.
-¡Pinchi Rulis, cabrón, ya estás más viejo, a güevo que tenemos que ponernos una loquera mundial hoy!, le saludó.
-Uyy claro que a güevo cank... Ahorita ando con feria que me soltó mi jefa para el cotorrero de hoy, anduvo medio castrosa pero no le hace al pedo...
Tras el desayuno, los dos amigos partieron a casa del Cobain a buscar más envases; siete y media caguamas después, ya eran las cuatro de la tarde y se alistaban para ir a la bodega Roja, mientras oían otra vez el "Bleech" de Nirvana. A Raúl ya le empezaba a hartar un poco oirlo durante tres meses seguidos, pero no se daba valor para increparle a su amigo sobre su mayor gusto musical, en vista de que haber perdido a sus padres hace unos años le causó una depresión cuasi fatal que logró subsanar con la música. Él pensaba que la música siempre podía salvar a la gente.
Finalmente llegaron al toquín a las seis y media, después de un toque y dos caguamas más en el camino. El pequeño detalle era que el Cobain había organizado el evento y no planeó absolutamente nada aparte de rentar el local, pues su intención era hacer una fiesta de amigos para su amigo, aunque se puso nervioso al ver que a la entrada del local había una larga fila de personas esperando entrar.
-¿Puedes creerlo? No creí que viniera tanta banda... -dijo Cobain en un tono de nerviosismo-. Creo que voy a tener que pedir que me alivianes con un favor, carnal...
En menos de hora y media, Cobain consiguió las bocinas, el poder, un ampli algo tronado y medio set de batería con dos parches en muy mal estado. Ante el visible enojo de algunas de las bandas locales de black-metal que invitó, el organizador les pidió un poco de paciencia y comprensión, usando mano de algún recurso recurrente en este tipo de situaciones. El perro enfermo, me quedaron mal los del sonido, me quedó mal el del lugar, es que estaba esperando a un carnal que iba a venir por mí, es que esto, es que lo otro. Finalmente todo se arregló y las ocho bandas intentarían tocar en un lapso de dos horas a partir de las 8:00 de la noche sin intentar aburrir al público presente.
En el transcurso en el que su mejor amigo había efectuado un viaje relámpago por toda la ciudad, Raúl se encontró de manera accidental a Fabiola mientras hacía fila en el tendajón más cercano para comprar su cajetilla de Delicados. La encontró justo al dar media vuelta del mostrador:
-No has cambiado en nada, sigues fumando esos cigarros horribles -le dijo ella en tono de broma-.
Otro silencio aún más incómodo. Su vestimenta obviamente denotaba que ella había asistido a un concierto y no precisamente a misa. Es más, ahí es donde se dio cuenta de que traía puesta la camisa de Nightwish que le había regalado en la Navidad pasada y pensó por un momento que se había acordado de su cumpleaños sin pensar en que Fabiola era pésima para las fechas.
-Gracias por venir -le dijo-. De toda la gente que esperaba ver aquí, pues tú...
Al salir presuroso de la tiendita, ella se dio cuenta que había olvidado el cumpleaños de Raúl, lo cual sería un motivo suficiente para pedirle disculpas en honor al año y medio que vivió con él en casa de sus suegros. Sin embargo, también habían suficientes razones para no decirle nada, porque si bien él no recordaba el día que la abofeteó, bien debía tener en mente que había un pequeño que todavía no tenía la edad suficiente para decirle "felicidades" a un padre irresponsable que nunca decidió tomar las cosas en serio.
Desde que lo conoció, ella siempre lo vio como un inmaduro, un aventurero que se quería comer al mundo, con talento para la batería y con un carisma arrollador. Veía en el a un Peter Pan moderno, un niño que se rehusaba a crecer, quien con un poco de los medios necesarios podría lograr lo que quisiera.
Al crecer un poco, cayó en la recurrente desilusión de que no era más que una persona dispuesta a vender su preciado instrumento con tal de no trabajar; pese a que puso de su parte, llegó el día en el que ya no pudo vivir con él y se llevó a su hijo sin decir adiós. Tarde o temprano sabía que lo vería de nuevo en un pueblo tan chico. A ella la ataba el dinero, pues al regresar con su papá -accionista de la distribuidora de cervezas más grande del estado- accedió a pagar todos los gastos de su nieto. Era tan bonachón el buen hombre, que a su próximo yerno también le llamaba 'hijo', pues él aseguraba que su hija siempre los elegía greñudotes.
Mientras pensaba eso, llegó por atrás Aarón, visiblemente molesto.
-Te dije que no me gusta que hables con ese pendejo -le advirtió-. No voy a responder si él me reclama algo.
Una vez superado el incidente, la pareja regresó con los demás integrantes de Excelsior Mortem, quienes sostenían una discusión con el recién llegado Cobain, bañado en sudor después de bajar las bocinas y el resto del equipo, amén de las cuatro caguamas que se tomó durante el recorrido. Dos en casa de la persona del sonido -un viejo que también le vendió dos carrujos de mota-, uno más antes de llegar y otra de regreso por la batería. Su aliento era una nueva definición para 'peste de alcohol'.
Aarón se veía realmente molesto con el Cobain, porque él había arreglado esa presentación, pero también en parte porque no se enteró nunca de que la tocada sería en honor al cumpleaños de Raúl. Durante la negociación previa, evitó decir palabra alguna para no complicar la situación.
-"Miren chavos, ustedes llegaron temprano, sí, pero pues vamos a mover algunos lugares porque estaba previsto que venía una banda abridora pero va a tocar más tarde, luego hay otra que se tienen que regresar a su casa temprano porque el baterista tuvo pedos con su jefe, lo cacharon forjando la otra vez, así que pues los puse a lo último pero seguro que tocan, la gente se va a quedar porque ya tenían rato, si ellos se querían quedar a las seis de la tarde seguro que un par de horas no los molestará...", decía el Cobain en una letanía de explicaciones aceptadas por esa banda con indiferencia.
Finalmente a las 10:23 el evento empezó, cuando ya no había ni la mitad de gente.
La primera banda era del primo más pequeño del Cobain, eran tres morros con camisas de Blink-182 que tocaban covers de esa banda. Nada que ver con el black metal, lo cual causó la irritación y el odio de los asistentes ataviados con playeras de bandas nórdicas e inglesas; sin embargo, eso le era indiferente al Cobain, quien sorbía más cerveza con Raúl, escondido en la taquilla para pasar desapercibido ante la presencia constante de Fabiola y Aarón.
En un momento dado, algo irritado, Raúl le increpó al Cobain:
-Oye cabrón, no mames, no debiste invitar a la banda de ese tipo. Sabías que andaba con mi ex...
Dos horas después apenas la tercera banda llevaba dos canciones y la tercera duraría 12 minutos, una épica progresiva inspirada en Yes y Dream Theater que en realidad sonaba como una versión b de una horrible canción de los Residents en un viaje ácido.
La molestia de los Excelsior ahora se convertía en cierto recelo porque comenzaban a caer en cuenta de que al ponerlos en último lugar, el Cobain los había chingado bien grueso. Aarón pensaba que siempre tenían que sufrir el papelón de ser la banda "que tocaba chido" pero que dejaban todos al final, pero en esta ocasión no era por su falta de decisión sino por una clara maña del organizador, lo cual tampoco era algo relativamente nuevo para él.
Al llegar la quinta banda, eran las 12:25 de la noche y apenas quedaban diez personas en aquella bodega, lo cual desmotivó a dos bandas y dejó solos a los Excelsior, quienes sugirieron a su líder y guitarra principal que acudiera a hablar con el Cobain de los términos en los que habían quedado.
Fue ahí donde empezó el problema, porque el organizador ya estaba beodo, con un hilo de baba colgando de su boca y la mirada perdida. Aarón le preguntó que si podían tocar y él les dijo que si le podían regalar una chela. Ante esa respuesta, la banda subió al escenario.
Mientras tocaba Excelsior Mortem en el escenario, Raúl (quien dejó de beber desde hace horas) se trató de acercar a Fabiola, aunque cuando le iba a tratar de hacer conversación sucedió algo arriba que llamó la atención de los presentes.
Cobain estaba frente al micrófono, profiriendo cualquier grito gutural imaginable, lo cual causó la ira de los integrantes de la banda quienes dejaron sus instrumentos para entrar a patadas sobre el improvisado y ebrio vocalista invitado.
Aarón era el primero que lo estaba machacando a puñetazos hasta que Raúl entró en su defensa. De un empujón lanzó a su rival (en todos los sentidos) fuera del escenario, e ignorando a los demás dio un salto para intentar rematarlo a patadas.
Cada golpe que le daba en el rostro, era un reclamo no realizado por cosas que él ignoraba a ciencia cierta. Ignoraba que Aarón tenía asma, por lo cual no podía pelear propiamente, por lo cual cuando empezó a toser violentamente, a las afueras del portón de la bodega, Faby entró en su defensa.
-¡Ya basta! ¿No te atreverias a pegarme otra vez, o sí? ¡Vamos, marica, inténtalo! -le decía a Raúl con un tono de rabia nunca antes visto por él.
El escuchar la palabra "otra vez" causó un estruendo en su mente. Recordó vívidamente la noche que fue un cretino y se embriagó, en la cual su mamá tuvo que intervenir, que terminó enfrentando a la policía y donde embistió con una patada a su padre, quien lo hacía entrar en razón entre los sollozos del pequeño crío de seis meses que más tarde abandonaría.
Los recuerdos ablandaron sus puños; Raúl dio media vuelta y entró al local sin cruzar palabra con los demás miembros de Excelsior, visiblemente molestos, quienes abandonaron el lugar, preocupados por su amigo.
Al final, sólo quedaron en la gran bodega Raúl y lo que quedaba del Cobain, maltrecho, entre restos de bocinas rotas y cables echados a perder por el agua.
En ese momento, Cobain dijo algo que en otra situación hubiera pasado desapercibido, pero que en la presente situación significaba la peor frase, la más desafortunada:
Entonces Cobain recibió un empujón. Raúl cayó en cuenta que su amigo le amargó el que debía ser el día más feliz de su año, con una fiesta mal hecha y llevando a su presencia a la gente que no debía ver.
Dos minutos después, estaban los dos otrora amigos tirándose puños a media calle, aunque Raúl derribó de un certero puñetazo a su oponente, quien a modo de respuesta le reclamó:
-"Lo haces por el rock, ¿verdad? ¡Esto me lo haces por el rock! ¡Vete a la verga! ¡Por el rock!"
Raúl lo veía alejarse mientras avanzaba en su camioneta. Al llegar a casa, su padre lo estaba esperando. Fabiola había llamado por teléfono contando lo sucedido y los hechos posteriores: Aarón se encontraba grave, tosiendo sangre en un hospital privado producto de la caída que tuvo del escenario. En un acto de "justicia", el padre de Raúl decidió castigarlo. Le quitó las llaves de la camioneta y le comenzó a reclamar.
-"Eres un bueno para nada. Todo lo que haces es darme problemas y yo ya me cansé de esto. No puedo creerlo, tres veces en la cárcel, por vándalo, por traer droga, por pelear. Estoy decepcionado, no sé qué hacer contigo y tendré que pedirte que vivas en la calle. Ahora no, pero mañana a primera hora quiero tus cosas fuera, no quiero volver a verte, si eres un asesino lo resolverás por tu cuenta", le dijo en un tono firme, pero descorazonado.
Tres horas después, Raúl tomaba un aventón hacia la Ciudad de México, con nada más que 500 pesos, dos carrujos y ganas de cambiar su vida. El pueblo que lo vio nacer, que lo vio crecer, deseaba asfixiarlo hasta morir y por eso debía escapar. Nada bueno emanaría de la ruptura de su amistad, porque seguir cambiando dentro del mismo estanque significaría morir sin llegar al océano.
Necesitaba, si la situación lo requería, reivindicarse o corromperse sin involucrar a nadie a su paso. Era la oportunidad que él quería, lograr el hartazgo de su entorno y ser exiliado, un paria que no tuviese nada que perder.
Pasaron seis años.
La banda de locos que jugaba hacky sack y robaba licor en la tienda junto a la vieja iglesia para tomarlo en el parque frente al antiguo manicomio ya se había desbandado.
La señora de las cañas aguadas recibió una multa de Salubridad y más tarde perdió la casa en una maniobra legal despiadada.
La imagen de la ciudad cambió mucho, con vialidades más modernas, mejor pavimentadas y con algunos edificios más grandes donde los otrora rockeros ahora despachaban llamadas de atención desde una oficina mientras descargaban música pirata en sus tiempos libres.
Fue en una de esas casas grandes en las afueras de la ciudad donde un pequeño de nueve años recibió un sobre del cartero, el cual tenía su nombre escrito en él.
"Hijo: Yo sé que siempre desearás conocerme. No hay mucho que debas saber de mí, salvo que era una joven promesa y no fui una persona responsable cuando debí serlo. Fue por eso que me fui a donde no me conoce nadie, a hacer una nueva vida, para vivirla mejor. Yo espero que tu madre te trate bien y que haya encontrado a alguien que te trate bien. Espero que no me guardes rencor por eso, yo encontré mi verdadera vocación y regresé a la vida gracias a la música, ahora incluso soy reconocido y respetado. En un momento de mi juventud, odié tanto que tú me quitaras eso, tener que abandonar mi música cuando tú naciste fue como sentir que mi esperanza había muerto. El huir a veces nos da la oportunidad de replantear nuestra vida, no es de cobardes, hijo, si tú alguna vez en tu vida sientes ganas de hacerlo y sientes que el entorno te es adverso, es de sabios retirarse antes que consumirse lentamente, como decía un buen amigo que murió hace más de un año y al que quise mucho, fue mi compañero en una banda desde la adolescencia y entendió cuando dejé la música, pero nunca entendí que él quería regresarme a ella. Pero ya no tengo motivos para regresar allá, no es que no desee verte, pero ya hice un futuro en este lugar, regresar sólo me daría problemas y deseo que algún día cuando tengas la edad suficiente vengas a verme y podamos charlar, para que no cometas los mismos errores que yo. Si algún día quieres saber de mí, sólo manda un mensaje a una dirección electrónica que incluyo, pero mi nombre aquí es otro, si preguntas te lo enviaré. Tal vez no hoy, pero espero siempre que alguna vez tengas un minuto para darme".
Saturday, August 02, 2008
Rayito
Friday, August 01, 2008
El Mejor Ejemplo.
Niño berrinches: Apá, quiero que me des 20 pesos más para comprar en la tienda...
Papá mandilón: Ya hijo, ya te di 50 pesos, con eso alcanza.
Niño berrinches: No apá, con eso no me alcanza pa´ nada, no puedo comprar ni madres... ¡DAME MÁS DINERO!
Papá mandilón: Cómprate con lo que te dí, para lo que te alcance, o usa de tu dinero.
Es aquí cuando viene el primer balconazo:
NB: Yaaa, que con el fajo de billetes que traes siempre contigo, ¿cómo va a ser que no puedas darme 20 pinches pesos, ya no seas codo.
PM: (hace un gesto nervioso) ... bueno, ya toma, te doy 150 y ya.
Acto seguido, Papá Mandilón se voltea y se dirige a una persona misteriosa de la fila trasera que me es imposible reconocer, pero con una voz pasada por años de whisky.
Papá Mandilón: Te juro que a veces no sé que hacer con este chamaco, me saca de quicio.
Persona misteriosa de la fila trasera que me es imposible reconocer: Ya, son cosas de la edad, luego crecen y aprenden a chingarse su propio dinero.
PM: No, fíjate que lo llevé a apostar el otro día a los gallos, ganó como 300 pesos, al principio estaba de zacatón pero lo convencí de ganar, y el cabrón ganó más que yo.
PMFTQMIR: Se ve que es cabrón el muchachito.
PM: Sí, algo, pues algo le sacó a su papá.
PMFTQMIR: Ah, que bien, entonces ya lo llevaste.
PM: Pues no está mal, algún día va a tener que aprender el valor de ese tipo de cosas, ya sabes lo que hacemos y ahorita es el único pinche chance que tengo en el día para ver al chamaco, así que su mamá chingue y chingue. Oye, sobre la reunión con JF, ¿qué te dijo Verónica?
PMFTQMIR: La tenía que haber visto ayer, se me debe haber olvidado con lo de las camionetas y la recolección... mira, ahí viene tu hijo.
*******BROOOM****** (señal THX que marca el comienzo de la película)
brrrrr.... qué poca madre sentarse en un lugar así.
Thursday, July 31, 2008
Algún Día
A esas alturas, él dormía debajo de un puente, atrás de un rayoneado transformador de la Comisión Federal de Electricidad; sus manos, otrora hábiles y con las cuales durante años había utilizado para jugar apuestas en las carreras de caballos, gracias al dinero que su papá Servando le proporcionaba, eran un muñón de mugre, uñas amarillas y dedos artríticos.
"Si tuviera quince mil pesos, podría cambiar mi vida", pensaba recurrentemente, mientras buscaba algo que comer entre los restos de lo que había dejado la concurrencia del comedor de asistencia social donde los pastores le conocían como Lencho.
Esa noche, Lorenzo fue a la farmacia a comprar unas tijeras sin filo, algodón, una barra de jabón y un cepillo de dientes, por una cantidad de 90 pesos. Tenía tanto tiempo de no comprar algo en una tienda, que se sintió alienado al hacer fila en la caja y el muchacho que atendía el local estuvo tentado a llamar a la policía, no sólo por el aspecto de vagabundo sino por la mirada del hombre, con un dejo de euforia torcida, absorto.
Más tarde, Lorenzo pagó 250 pesos por la habitación número 15 del hotel Arrecife; ubicado frente a un distribuidor vial; la ventana principal del cuarto que alquiló daba la vista debajo del puente, por lo cual la luz del sol era casi nula.
Durante la noche, dentro de la oscuridad de su habitación, tomó unas tijeras, se cortó las mechas de cabello sucio y luego se arregló las uñas de las manos y los pies, removiendo con algodón las partes infectadas con pus que quedaban acumuladas de tantos años, para luego meterse al baño para darse una ducha.
En la regadera, al sentir las gotas de agua fría golpeando suavemente su rostro, Lorenzo sintió muchas ganas de llorar y pasó 45 minutos en cuclillas, sollozando, sin más ruido del del agua cayendo encima suyo.
Fue una noche calurosa, aunque para él era extraño dormir en una cama con un colchón real.
Al día siguiente, compró ropa nueva. Fue al mercado, pero no cerca de donde ocurrió el fatídico episodio donde perdió su ojo derecho -pues era persona non grata-, para comprar un par de pantalones, dos pares de zapatos, calcetines, dos playeras sencillas, dos camisas, 250 mililtros de perfume-imitación y un pequeño maletín de cuero. El precio total de esta compra: 530 pesos.
Al regresar a su habitación, pensó que era de nuevo una persona que se podía dar a respetar. El tener algo de dinero de nuevo le hacía sentir poderoso, imponente, omnipresente. Sin embargo, al caer la noche y mientras comía unos tacos que le costaron 40 pesos, pensó que esa felicidad sería infinita porque su suerte estaba cambiando.
Pasaron tres días más en aquel hotel, debajo de un puente. Durante estos días descubrió los pormenores de la televisión nocturna por cable, llamó por teléfono para participar en una consulta psíquica en vivo, compró dos fotonovelas pornográficas, fumó un habano, bebió una botella de Ron Matusalem -su favorito-, dos botellas de Jim Beam y una de Jack Daniels. La borrachera de tres días le había costado unos mil 500 pesos.
El quinto día, Lorenzo amaneció con una mezcla de resaca y angustia. Sus ansias de beber algo de calidad se habían saciado, para luego dar lugar al remordimiento moral mezclado con avaricia mientras contaba cada uno de sus billetes sobre el insípido edredón color lila. No podía creer que sólo le quedaban poco más de 10 mil pesos, e hizo semejante rabieta que los administradores del hotel le pidieron desalojar su habitación, pues los tachó de ladrones.
Con su maletín de cuero a cuestas y vestido con un pantalón café, una camisa pistache y zapatos blanco marfil, Lorenzo pasó el mediodía meditando en las afueras de un café en la calle Rayón, sobre cómo iba a mantener ese tren de vida. Se dio cuenta de que no había previsto nunca una situación así ni una bonanza de esas características y sintió un poco de malestar. Sin embargo, lo que le hizo vomitar el club sandwich que había comprado previamente fue cuando encontró un pequeño recuadro en un periódico local cuyo encabezado rezaba: "Comprueban psicólogos de la universidad de Harvard que la gente con dinero es menos feliz". Sintió tanta infelicidad que la bilis mezclada con angustia y agrura simplemente salieron de su organismo.
Para él tener dinero fue siempre la felicidad. Su papá le decía que el trabajo constante y la preparación le llevarían a una vida próspera, con una familia amorosa. En un dejo de rebeldía nunca controlada por su progenitor, eligió el camino fácil para demostrarle que habían otras alternativas. El estar equivocado en el ocaso de su vida le había extraído las ganas de vivir, pero ahora al tener un golpe de suerte, se sentía infinitamente vacío y sin nadie a quien compartir este éxito. Ni a los automovilistas que le miraban con lástima. Ni a los franeleros que le hicieron esa horrenda cicatriz. Ni a los padres difuntos, a los amigos efímeros ni la sociedad ingrata que alguna vez lo retrató de jovencito como "una joven promesa". Promesas rotas. Sueños vacíos, fatuos, estaba tan vacío que ni haber comprado o vendido amor a través de la caridad o la compasión lo hubieran llenado.
Tras el espasmo y pagar la cuenta, Lorenzo sintió un deseo irrefrenable de volver al lugar que vió perder su juventud. Un club clandestino de apuestas, ahora una tienda de materiales para la construcción después de que las autoridades judiciales confiscaran el lugar, incendiado hace más de una década por un "ajuste de cuentas".
En ese lugar, frente a una botarga que simulaba un plomero vendedor de tubos de acero, recordaba las risas y las juergas que vivió en ese lugar cada fin de semana. Todavía conservaba la misma estructura pero con otra fachada, todavía parecía una casa antigua aunque ahora estaba pintada con un horrendo color anaranjado. En especial recordó amargamente la noche en que, entre lágrimas, suplicaba que le devolvieran las escrituras de la última ferretería que le tocó administrar al morir su padre, la misma noche en la que perdió la última amante ingrata que él pagó, supuesta madre de un supuesto hijo que nunca lo conoció, tal vez por asco, tal vez por dignidad.
"Si no es ahora no será nunca", pensó. Inmediatamente después de este relámpago mental, salió aprisa hacia una nueva casa de apuestas en la ciudad, parte de una cadena legalizada de casinos donde se permite el juego de números y el booking de apuestas deportivas, además de las carreras de galgos.
Nada de pokar ni los verdaderos juegos de azar, pensó, y se dispuso a apostar en una máquina tragamonedas. En ese momento sintió una complusión imparable por jugar, máquina tras máquina, de vampiros con cara amistosa a la pirámide de los números, el Greasy Lover, la Mula Texana, el Sasquatch, el Lucky 18, el Birdie y el Jazz Pyramid. Los juegos cambiaban de nombre pero eran en el mismo estilo: El jugador introduce una moneda, aprieta un par de botones y gana o pierde dependiendo de la suerte.
Para una casa de estas características, algunas de ellas ligadas por vox populi a organizaciones de dudosa reputación moral, ganar ocho mil pesos en una noche no significa una ganancia alguna, dado que tan sólo el administrador percibe mensualmente un salario de 25 mil pesos más prestaciones, sin contar el salario de los croupiers, las recepcionistas, cajeros, meseros y ayudantes. Ocho mil pesos no significaba nada para ellos, pero para Lorenzo perderlos fue como el fin del mundo.
Eran las 12:50 de la noche del sexto día y Lorenzo abandonó toda esperanza, incluso no recordaba dónde dejó su maletín de cuero. Saliendo de la casa de apuestas, los guardias de seguridad le preguntaban si se sentía bien, pero al ver su cara bañada en sudor podría adivinarse que no estaba bien.
Dio dos pasos hacia afuera del local, colapsó y comenzó a sacar un líquido que parecía bilis, en primera instancia por lo que parecía un coraje fulminante para su edad pero que más tarde la autopsia mostró que se trataba de un colapso del sistema gastrointestinal debido a una úlcera que le inició ocho años atrás.
Mientras su ojo se cerraba los nervios le empezaron a fallar gradualmente. Fue ahí donde tuvo esta reflexión.
"Todos encontramos en nuestra vida una oportunidad para redimir nuestros errores, recordando no volver a cometerlos nunca más. Pocos tienen la oportunidad de obtener un segundo intento, pero menos se dan el lujo de desperdiciarlo. Yo me he dado el placer de hacerlo a un lado, entregarme una vez más a mis pasiones y ser egoísta porque no hay nada que darle a nadie. Nunca tuve valores ni creencias férreas. Jamás hubo la oportunidad, en mi entorno, de pensar que esto sería la felicidad, pues si para mí lo fue, causó la ruina de mi legado. Sin embargo, algún día tendré una oportunidad más de reparar esto, de demostrarle al mundo que conmigo estaba equivocado y para eso debo ser paciente y esperar. Algún día..."
Después de esto, perdió la conciencia, mientras las sirenas aullaban en lejanía para llegar a donde ya era demasiado tarde.
Monday, July 28, 2008
La Mona y la Rata
Veracruz, Ver, 20 de Julio 2008
Récord histórico de asistencia en parque Viveros por “Pancha” y la rata
Debido al auge que ha generado la historia del mono araña que adoptó una rata siria hace más de una semana, este domingo el parque ecológico “Miguel Ángel de Quevedo” del Ayuntamiento de Veracruz registró un récord histórico de asistencia de tres mil personas en un sólo día, señaló el administrador del lugar, Rafael Mariano Torres Cabrera.
Indicó que el caso de la mona “Pancha”, de 11 años de edad, que adoptó una pequeña rata siria como su cría, causó revuelo entre quienes usualmente visitan este parque, algo nunca antes visto en sus más de 30 años de existencia.
“Esto ha despertado curiosidad entre los niños y los adultos pues es muy raro que una especie forme un grado tal de simbiosis con otra, al grado de convivir como madre e hija. Ha sido tal el auge que causó esta historia, que incluso se están empezando a distribuir camisetas con la foto de esta peculiar pareja”.
Mencionó que la explicación científica de este fenómeno se debe a un desequilibrio hormonal en la hembra de mono araña perteneciente a la especie “Ateles Geographii”, por el cual confundió con una de sus crías a una pequeña rata que el personal del zoológico tiene en crianza para alimentar a los lagartos.
Monday, June 09, 2008
Lolita
Aquel día era cualquier comienzo más de algún otro día para ella. Daban ya las seis y cuarto de la mañana y el pasillo, charqueado de zapatos mugrosos y de dos días sin lavar, olía a cigarro, charanda y sudor. Ella contemplaba fijamente los mosaicos del suelo, sucios y maltratados.
Contaba los intervalos que habían entre el mosaico rojo y el amarillo, y notaba que las comisuras de las paredes tenían fallas grises por todos sus bordes. Las paredes estaban manchadas, con viejos restos de otras noches de loco amor, del blanco pasando al amarillo caduco, podrido. Nunca había reparado en estos detalles, lo asqueroso del lugar era secundario, porque la paga era buena. Lo más desesperante del empleo era tener que esperar a pasar cuenta al testaferro, el no hacerlo significaba una traición que nadie se atrevía a cometer, puesto que es bien sabido que los cobradores suelen ser inflexibles y hasta cierto punto violentos con la gente ingrata. Cuestión de principios, siempre le dijeron. Esta lealtad es inclulcada desde el momento que elige llevar esta vida, y es una manera de sentir que se hace lo correcto, aunque mientras veía las comisuras y sentía el frío ventarrón madrugador que llegaba más puntual que el lenón, su cabeza se llenaba de ideas. Hay trabajos en los que pensar no es bien remunerado. Afortunadamente quince minutos después estaba tomando un taxi a su casa/pensión, y el sonido del motor arrullador la salvó de tomar más conclusiones y descansar la mente de los cuestionamientos de la conciencia. Eso era todo, tenía sueño.
II
Ella siempre acostumbraba levantarse con la televisión prendida. Era un hábito difícil de dejar. Como el cuarto no tenía enchufes, era costumbre dormir en el sofá. Aparte que el inquilino anterior había tenido la delicadeza de no llevarselo, era de agradecérsele pues el catre era cómodo y acolchado. Nunca supo el nombre del buen samaritano que lo dejó, pero es de suponerse dada la reputación de la casa de huéspedes que huyó de algo y no tuvo reparo en llevarse el mueble, así que el proximo inquilino (osea ella) salío beneficiado por estas correrías.
Ya eran las cuatro de la tarde, pues sonaba el tintinar de aquel programa de concursos que suele pasar siempre como a esa hora y que siempre funciona de alarma involuntaria para que ella se levantara. Se levantó de manera automática, para ir al baño a lavarse la cara. El espejo dibuja un rostro angelical, unos labios que aún tienen ese rojo de la noche anterior y unos ojos de ensueño que están manchados por el maquillaje que se corrió, por la dejadez y el cansancio de quitarselos a media mañana. Una mirada que no descansa, que tiene un dejo de indiferencia, una vida que empezó a rolar muy temprano, con diecisiete años encima ya no recuerda hace cuanto tiempo decidió vivir fuera, ni el optimismo que sintió el día que se liberó del yugo de vivir bajo reglas y echarse a una nueva empresa, el vivir acompañada de alguien que le hizo la promesa de no fallarle nunca.
Tres meses después él la abandonó por cualquier cosa y ella entró a bailar en un bar. Primero pensaba ser simplemente una mesera, pero su belleza no pasa desapercibida y pronto recibió un aumento de puesto. Un parroqiuano la convenció un buen día de que se ganaba más dinero vendiendo amor que fantasías, y ella pensó que lo haría por un par de meses, hasta poder poner una boutique de ropa y accesorios por su cuenta. Siempre fue optimista porque a su edad es cuando uno adquiere más vivencias, y cree que puede comerse al mundo sin importar que tan adverso sea. Al sexto mes, cayó en cuenta que se estaba aburriendo de vivir lo mismo, cuando salía de haber comprado una tarjeta de teléfonos en la tienda de abarrotes de la esquina. Sin embargo, no tuvo el valor de llamar, pese a que la noche anterior había perdido casi todos sus ahorros en pagar cierta fianza que adeudó por problemas con la justicia que su trabajo usualmente acarrea como un inconveniente ya conocido y publicitado. En primera, porque era una verguenza explicar la situación a su inflexible padre, él siempre le inculcó la inteligencia y el orgullo ante todo, y el salir en la primera plana de la nota roja de su ciudad no era algo de lo que pudiera sentirse orgullosa. Aparte, prefería que todas las cosas se fueran solucionando, sólo iría a prolongar un poco más su estadía en el mercado del amor, y ya después seguiría adelante con su plan de vida.
Su "manager" le prometió cubrir todo lo que gastó en el bochornoso incidente (que prefiere ni recordar en esos momentos). Sin embargo, ya eran hoy cuatro meses de haber pasado esto y él no le había pagado ni la mitad de la cantidad que le prometió, ni siquiera con la mitad de la puntualidad con la que pasaba a cobrarle cada fin de semana. Quejarse o reclamarle tampoco es una solución muy viable, pues siempre hay represalias, y es mejor salir vivo que muerto si se va a volver a salir en una nota roja. Así pasaron un poco más ella y su reflejo, cual Narciso, escudriñando en sus ojos todo lo que había vivido, tal y como había hecho la noche anterior con los mosaicos y las paredes manchadas.
Cuando cayó en cuenta ya eran las seis y media de la tarde. El aturdimiento le impedía ver el tiempo de manera lineal, y su estómago le avisaba que tenía que sacar una sopa instantánea, tan sabedoras de un sazón de fábrica y tan nutritivas como una caja de cartón, pero eso sí, llenadoras. Pasó algún rato más con la caja idiota, novela de moda y serie animada en repetición. Cuando tuvo que prender las luces de la sala, entró a la ducha y se arregló durante casi una hora y media para volver a salir en un rato. Cuando pasó por la puerta, ya a la hora de salir a la calle, regresó al baño y se miró al espejo una vez más para ver que todo estuviera en su lugar. De algún modo, no quería salir ya esa noche, aunque ni siquiera se lo pudiera decir a ella misma.
III
Otra vez en el taxi, mientras pasaba por el desfile de luces y lugares agradables, esperaba que entre toda esa gente que estaba haciendo fila, hubiera alguien que la llenara una vez más de promesas, y que tal vez esa noche, encontrara a quien le dijera las mágicas palabras: "Ya no tendrás que volver más ahí". Sin embargo, todo se trata de pretender, no es posible tener honestidad si vas a vender amor. Todos son parte del negocio. Ella espera durante un rato en la barra, nunca le toma más de una hora recibir un cortejo. El cantinero puede no ser su amigo, pero siempre le tendrá una sonrisa amable y hasta la llamará por su nombre al cabo de unas cuantas visitas y está acostumbrado a servirle tragos gratis, si no para conseguirle alguna sonrisa, de parte de algún prospecto cortejador. El niño vendedor de flores le venderá alguna flor al galán en turno, y él cortésmente la comprará para darsela a ella, aunque los dos saben que esta rosa acaba siempre en el bote de la basura o en el taxi al hotel de paso autorizado. El gerente del hostal de dos estrellas no hace preguntas, usualmente escucha la misma estación AM con música anacrónica de Sandro o José José y repite la letanía de la llave y la hora a la que se tienen que largar, con una indiferencia antológica. Si ella no le dice antes de todo este ritual al galán de turno que tendrá que pagar, rompería todo el protocolo y la cadena de comando, y por algun lapso de tiempo ve al chico como a alguien especial.
En un principio, le agrada, y desearía haberlo conocido en cualquier otro escenario: En el supermercado, en un autobús, en la playa... Pero a la hora en la que él accede a pagar, pasa a ser parte de la transacción, un número y una estadística más. Pierde ella toda la emoción y sólo pasa la misma experiencia nerviosa y repetitiva, como la noche anterior y la anterior. Y a la hora en la que se apaga la luz y él mete su mano, temblorosa, debajo de su falda, ella ve hacia arriba, y comienza a contar las marcas del techo, una a una, a razón de los días que le faltan por pasar y seguir pretendiendo, anhelando vivir una vida que pueda presumir. O tal vez, alguien a quien le importe. Hace unas cuantas exhalaciones obligadas, cuerpos sudados, prisas, y todo acaba en media hora. Lo que ella ha aprendido esta noche, mientras se viste, es que el techo de la habitación 103 tiene cuarenta y cinco manchas y grietas diversas. Dos mil quinientos pesos, mil doscientos cincuenta para ella. Faltan doce mil más para el permiso, la mercancía y la renta de la boutique. Piensa para sus adentros, mientras espera otra vez en el pasillo, contando las losas rojas y amarillas: "Ojalá no tarde hasta pasado octubre"..