Thursday, July 31, 2008

Algún Día

Durante años, Lorenzo tuvo la esperanza de que un día cualquiera, en un acto imprevisto de suerte, se encontrara un paquete de dinero abandonado en la acera para así satisfacer algunos lujos de los cuales durante años se había privado.


Hijo único de una familia de mediana prosperidad durante la década de los 70´s, Lorenzo se encontraba en la canícula de su existencia, a sus 50 años, en la disyuntiva de no tener nada que perder debido a lo que él consideraba "azares del destino" pero en realidad fungía como una consecuencia lógica de sus actos irresponsables de juventud.


A esas alturas, él dormía debajo de un puente, atrás de un rayoneado transformador de la Comisión Federal de Electricidad; sus manos, otrora hábiles y con las cuales durante años había utilizado para jugar apuestas en las carreras de caballos, gracias al dinero que su papá Servando le proporcionaba, eran un muñón de mugre, uñas amarillas y dedos artríticos.


Siendo un modesto adinerado que aspiraba a obtener la remuneración social que nunca obtuvo -ni siquiera en la esquela del periódico social más destacado, pues cuando murió sólo alcanzó para pagar un cintillo en interiores-, el papá de Lorenzo financió todo lo relacionado con los años dorados del joven, desde las juergas desenfrenadas, los viajes a Villahermosa, las mujeres fáciles, las apuestas desafortunadas y la droga de mala calidad que acabó causándole un colapso nervioso a sus 37 años, dos meses después de la muerte de don Servando y cinco minutos después de la expropiación de su domicilio de tres pisos en el fraccionamiento Reforma, al haber perdido ya los activos de la cadena de ferreterías propiedad de la familia.


Tras la muerte de su madre hace ocho años, Lorenzo dejó el hogar donde ella pidió alojo, propiedad de una amiga de la familia, una buena samaritana que tomó estas dos almas en desgracia y les vistió y alimentó durante seis meses, tras haberlos encontrado mendigando cerca de los muelles.


Todas las mañanas, algunos automovilistas que reconocían a Lorenzo lo veían deambular entre automóviles cerca del Seguro Social, sin dirección, con la barga larga y el pelo en caireles de mugre, decían: "Es una lástima, un caso perdido". Otros sólo se preguntaban cómo era posible darle en la madre a una familia de prosperidad ganada en cuatro décadas con tan sólo cinco años de mala leche.


Ahora vivía días aciegos, grises, donde todos los amigos que conoció en cantinas, bares y casas de apuestas habían muerto o le olvidaron eventualmente. Sin embargo una idea aún rondaba en su cabeza.


"Si tuviera quince mil pesos, podría cambiar mi vida", pensaba recurrentemente, mientras buscaba algo que comer entre los restos de lo que había dejado la concurrencia del comedor de asistencia social donde los pastores le conocían como Lencho.


Sin oficio ni beneficio buscaba pasar los días de la mejor manera posible. Se hizo amigo de los policías que lo desalojaban todos los viernes por la tarde de la fuente frente al Registro Civil, donde acudía a darse un baño cuando ya no soportaba la comezón por las garrapatas y las heridas que se causaba por dormir en el concreto. Buscaba restos de alcohol en botellas de Super Caña, abandonadas tal vez por un parroquiano con algunos cuantos pesos más y un poco de mejor suerte que él. Nunca pensó que se podía estar peor, porque su umbral de entendimiento se había deteriorado con los años.



Hace un par de años, decidió ganar dinero haciéndola de "viene viene" en una calle cercana al mercado Hidalgo, acomodando los coches, vigilando que no recibieran cristalazos y en ocasiones robando del interior de los mismos cuando la necesidad apretaba. Sin embargo este, su último trabajo, terminó abruptamente cuando los demás franeleros se unieron en su contra y le propinaron una golpiza que le causó la pérdida del ojo derecho. Pasó seis meses en el hospital y sus lesiones cerebrales empeoraron al grado de tener espasmos involuntarios en el hemisferio derecho del cuerpo.



Pero todo eso había perdido significado hasta aquel día de primavera, donde la gente descansaba en sus casas por los festejos del Día del Trabajo. Lorenzo buscaba en las cercanías de la avenida Cuauhtémoc algún lugar donde guarecerse por una inminente lluvia, cuando de pronto un par de camionetas de doble cabina chocaron dos cuadras detrás de él. Los vehículos en cuestión, una Lobo y una Silverado, en vez de deterse continuaron su carrera y pasaron a toda velocidad a centímetros del ahora indigente, en dirección a la salida de la ciudad.



Lorenzo apenas y notó que las camionetas estuvieron a punto de matarlo, cuando de pronto encontró un sobre amarillo que aparentemente había caído de uno de los vehículos en cuestión. Dentro del sobre no venía nada más que quince mil 560 pesos y dos tarjetas telefónicas.
Visiblemente impactado, tomó el contenido del sobre amarillo, se lo metió debajo de la desgastada bermuda Dockers y emprendió una carrera que soprendió incluso a sus propias habilidades, pues en menos de dos minutos había avanzado más de 10 cuadras hasta perder el rastro de quienes habían dejado ese paquete y que posiblemente regresarían a buscarlo eventualmente.
Tardó treinta y cinco minutos en asimilar que eso que tenía entre manos, lo había anhelado durante mucho tiempo. Durante las noches de lluvia y hambre. Las veces que lloró al recordar cómo malgastó la fortuna de su padre. Mientras buscaba razones para subsistir entre la basura, entre la caridad de la gente, entre lo que le quedaba de sanidad mental.

Esa noche, Lorenzo fue a la farmacia a comprar unas tijeras sin filo, algodón, una barra de jabón y un cepillo de dientes, por una cantidad de 90 pesos. Tenía tanto tiempo de no comprar algo en una tienda, que se sintió alienado al hacer fila en la caja y el muchacho que atendía el local estuvo tentado a llamar a la policía, no sólo por el aspecto de vagabundo sino por la mirada del hombre, con un dejo de euforia torcida, absorto.

Más tarde, Lorenzo pagó 250 pesos por la habitación número 15 del hotel Arrecife; ubicado frente a un distribuidor vial; la ventana principal del cuarto que alquiló daba la vista debajo del puente, por lo cual la luz del sol era casi nula.

Durante la noche, dentro de la oscuridad de su habitación, tomó unas tijeras, se cortó las mechas de cabello sucio y luego se arregló las uñas de las manos y los pies, removiendo con algodón las partes infectadas con pus que quedaban acumuladas de tantos años, para luego meterse al baño para darse una ducha.

En la regadera, al sentir las gotas de agua fría golpeando suavemente su rostro, Lorenzo sintió muchas ganas de llorar y pasó 45 minutos en cuclillas, sollozando, sin más ruido del del agua cayendo encima suyo.

Fue una noche calurosa, aunque para él era extraño dormir en una cama con un colchón real.

Al día siguiente, compró ropa nueva. Fue al mercado, pero no cerca de donde ocurrió el fatídico episodio donde perdió su ojo derecho -pues era persona non grata-, para comprar un par de pantalones, dos pares de zapatos, calcetines, dos playeras sencillas, dos camisas, 250 mililtros de perfume-imitación y un pequeño maletín de cuero. El precio total de esta compra: 530 pesos.

Al regresar a su habitación, pensó que era de nuevo una persona que se podía dar a respetar. El tener algo de dinero de nuevo le hacía sentir poderoso, imponente, omnipresente. Sin embargo, al caer la noche y mientras comía unos tacos que le costaron 40 pesos, pensó que esa felicidad sería infinita porque su suerte estaba cambiando.

Pasaron tres días más en aquel hotel, debajo de un puente. Durante estos días descubrió los pormenores de la televisión nocturna por cable, llamó por teléfono para participar en una consulta psíquica en vivo, compró dos fotonovelas pornográficas, fumó un habano, bebió una botella de Ron Matusalem -su favorito-, dos botellas de Jim Beam y una de Jack Daniels. La borrachera de tres días le había costado unos mil 500 pesos.

El quinto día, Lorenzo amaneció con una mezcla de resaca y angustia. Sus ansias de beber algo de calidad se habían saciado, para luego dar lugar al remordimiento moral mezclado con avaricia mientras contaba cada uno de sus billetes sobre el insípido edredón color lila. No podía creer que sólo le quedaban poco más de 10 mil pesos, e hizo semejante rabieta que los administradores del hotel le pidieron desalojar su habitación, pues los tachó de ladrones.

Con su maletín de cuero a cuestas y vestido con un pantalón café, una camisa pistache y zapatos blanco marfil, Lorenzo pasó el mediodía meditando en las afueras de un café en la calle Rayón, sobre cómo iba a mantener ese tren de vida. Se dio cuenta de que no había previsto nunca una situación así ni una bonanza de esas características y sintió un poco de malestar. Sin embargo, lo que le hizo vomitar el club sandwich que había comprado previamente fue cuando encontró un pequeño recuadro en un periódico local cuyo encabezado rezaba: "Comprueban psicólogos de la universidad de Harvard que la gente con dinero es menos feliz". Sintió tanta infelicidad que la bilis mezclada con angustia y agrura simplemente salieron de su organismo.

Para él tener dinero fue siempre la felicidad. Su papá le decía que el trabajo constante y la preparación le llevarían a una vida próspera, con una familia amorosa. En un dejo de rebeldía nunca controlada por su progenitor, eligió el camino fácil para demostrarle que habían otras alternativas. El estar equivocado en el ocaso de su vida le había extraído las ganas de vivir, pero ahora al tener un golpe de suerte, se sentía infinitamente vacío y sin nadie a quien compartir este éxito. Ni a los automovilistas que le miraban con lástima. Ni a los franeleros que le hicieron esa horrenda cicatriz. Ni a los padres difuntos, a los amigos efímeros ni la sociedad ingrata que alguna vez lo retrató de jovencito como "una joven promesa". Promesas rotas. Sueños vacíos, fatuos, estaba tan vacío que ni haber comprado o vendido amor a través de la caridad o la compasión lo hubieran llenado.

Tras el espasmo y pagar la cuenta, Lorenzo sintió un deseo irrefrenable de volver al lugar que vió perder su juventud. Un club clandestino de apuestas, ahora una tienda de materiales para la construcción después de que las autoridades judiciales confiscaran el lugar, incendiado hace más de una década por un "ajuste de cuentas".

En ese lugar, frente a una botarga que simulaba un plomero vendedor de tubos de acero, recordaba las risas y las juergas que vivió en ese lugar cada fin de semana. Todavía conservaba la misma estructura pero con otra fachada, todavía parecía una casa antigua aunque ahora estaba pintada con un horrendo color anaranjado. En especial recordó amargamente la noche en que, entre lágrimas, suplicaba que le devolvieran las escrituras de la última ferretería que le tocó administrar al morir su padre, la misma noche en la que perdió la última amante ingrata que él pagó, supuesta madre de un supuesto hijo que nunca lo conoció, tal vez por asco, tal vez por dignidad.

"Si no es ahora no será nunca", pensó. Inmediatamente después de este relámpago mental, salió aprisa hacia una nueva casa de apuestas en la ciudad, parte de una cadena legalizada de casinos donde se permite el juego de números y el booking de apuestas deportivas, además de las carreras de galgos.

Nada de pokar ni los verdaderos juegos de azar, pensó, y se dispuso a apostar en una máquina tragamonedas. En ese momento sintió una complusión imparable por jugar, máquina tras máquina, de vampiros con cara amistosa a la pirámide de los números, el Greasy Lover, la Mula Texana, el Sasquatch, el Lucky 18, el Birdie y el Jazz Pyramid. Los juegos cambiaban de nombre pero eran en el mismo estilo: El jugador introduce una moneda, aprieta un par de botones y gana o pierde dependiendo de la suerte.

Para una casa de estas características, algunas de ellas ligadas por vox populi a organizaciones de dudosa reputación moral, ganar ocho mil pesos en una noche no significa una ganancia alguna, dado que tan sólo el administrador percibe mensualmente un salario de 25 mil pesos más prestaciones, sin contar el salario de los croupiers, las recepcionistas, cajeros, meseros y ayudantes. Ocho mil pesos no significaba nada para ellos, pero para Lorenzo perderlos fue como el fin del mundo.

Eran las 12:50 de la noche del sexto día y Lorenzo abandonó toda esperanza, incluso no recordaba dónde dejó su maletín de cuero. Saliendo de la casa de apuestas, los guardias de seguridad le preguntaban si se sentía bien, pero al ver su cara bañada en sudor podría adivinarse que no estaba bien.

Dio dos pasos hacia afuera del local, colapsó y comenzó a sacar un líquido que parecía bilis, en primera instancia por lo que parecía un coraje fulminante para su edad pero que más tarde la autopsia mostró que se trataba de un colapso del sistema gastrointestinal debido a una úlcera que le inició ocho años atrás.

Mientras su ojo se cerraba los nervios le empezaron a fallar gradualmente. Fue ahí donde tuvo esta reflexión.

"Todos encontramos en nuestra vida una oportunidad para redimir nuestros errores, recordando no volver a cometerlos nunca más. Pocos tienen la oportunidad de obtener un segundo intento, pero menos se dan el lujo de desperdiciarlo. Yo me he dado el placer de hacerlo a un lado, entregarme una vez más a mis pasiones y ser egoísta porque no hay nada que darle a nadie. Nunca tuve valores ni creencias férreas. Jamás hubo la oportunidad, en mi entorno, de pensar que esto sería la felicidad, pues si para mí lo fue, causó la ruina de mi legado. Sin embargo, algún día tendré una oportunidad más de reparar esto, de demostrarle al mundo que conmigo estaba equivocado y para eso debo ser paciente y esperar. Algún día..."

Después de esto, perdió la conciencia, mientras las sirenas aullaban en lejanía para llegar a donde ya era demasiado tarde.

Monday, July 28, 2008

La Mona y la Rata

Porque no todo es infortunio, a veces también hay oportunidad de escribir sobre cosas divertidas, como el caso de lo que pondré a continuación. Es verídico, interesante y algo jocoso:

Veracruz, Ver, 20 de Julio 2008


Récord histórico de asistencia en parque Viveros por “Pancha” y la rata

Debido al auge que ha generado la historia del mono araña que adoptó una rata siria hace más de una semana, este domingo el parque ecológico “Miguel Ángel de Quevedo” del Ayuntamiento de Veracruz registró un récord histórico de asistencia de tres mil personas en un sólo día, señaló el administrador del lugar, Rafael Mariano Torres Cabrera.

Indicó que el caso de la mona “Pancha”, de 11 años de edad, que adoptó una pequeña rata siria como su cría, causó revuelo entre quienes usualmente visitan este parque, algo nunca antes visto en sus más de 30 años de existencia.

“Esto ha despertado curiosidad entre los niños y los adultos pues es muy raro que una especie forme un grado tal de simbiosis con otra, al grado de convivir como madre e hija. Ha sido tal el auge que causó esta historia, que incluso se están empezando a distribuir camisetas con la foto de esta peculiar pareja”.

Mencionó que la explicación científica de este fenómeno se debe a un desequilibrio hormonal en la hembra de mono araña perteneciente a la especie “Ateles Geographii”, por el cual confundió con una de sus crías a una pequeña rata que el personal del zoológico tiene en crianza para alimentar a los lagartos.
  
El amor existe.