La víspera del 31 de diciembre del 2002, pensé en ir a Baños "El Edén" a comprar un par de cuerdas de nylon que se le habían roto a mi guitarra acústica.
Sin embargo, el hecho de que estuviera a tres cuadras de mi casa no motivaba prisa alguna por conseguir estos repuestos, por lo que pospuse mi visita a la zona de mercados un par de horas, haciendo un sinfín de cosas inútiles.
Todavía era un estudiante universitario, lejos de las prácticas y cerca de las teorías del cómo deben ser las estructuras, de la importancia de estar cerca de un hecho noticioso sin realmente estar cerca de uno en la realidad.
Sin embargo, a las 5 30 de la tarde, un estruendo apagó mi aletargamiento.
De repente, de la cocina de mi casa, ví como una larga columna de humo salía del lugar donde hasta hace unos minutos pensaba ir.
Salí al balcón para tener una mejor vista, al igual que mis padres. Lo único que pudimos ver fue un sinfín de gente corriendo hacia la avenida Allende, por las calles de Velázquez de la Cadena, Juan Soto y Carlos Cruz.
En cuestión de cinco minutos, el frente de mi casa y el camellón principal estaban repletos de gente tosiendo, llorando, echada en la banqueta, gritando, llamando por celular, huyendo de la zona de mercados.
Algunos corrían sin mirar atrás, un par de personas estuvieron a punto de ser atropelladas. El tráfico de la avenida Allende se veía, desde mi balcón, paralizado y hecho un caos.
Una señora, desesperada, peleaba con su marido porque su sobrino se había quedado cuadras atrás. "No hay tiempo, vámonos a la casa y de ahí lo buscamos", le decía el hombre de facciones rudas que no podía esconder el miedo en la expresión de su cara.
Para las seis de la tarde, habían apagado el alumbrado de la calle y ya se divisaban algunas patrullas que, desesperadamente, trataban de reponer el orden.
A las seis con veinte, el noticiero de la XEU avisó de la explosión, aunque al principio minimizaron los hechos.
A las siete, en los noticieros de la televisión se hablaba ya de una tragedia de grandes proporciones.
Para las nueve de la noche, el caos en la avenida Allende se había disipado y nos fuimos a cenar, en familia, como habíamos planeado.
A las diez y media de la noche, en las noticias de López Dóriga, las imágenes amargaron definitivamente la cena de ese año. Ya se hablaban de 25 muertos y un centenar de heridos.
Ver un lugar que todos recordamos como parte de nuestro recorrer diario tan destruído, es capaz de revolverle el estómago hasta al más incrédulo.
Y realmente no era el mejor lugar. Estaba lleno de basura, y el olor a pólvora de quienes diariamente teníamos que pasar por ahí para tomar un autobús, no inspiraban la idea de un lugar que consideráramos guardar como parte de la memoria de un inconsciente colectivo.
Sin embargo, a todo Veracruz pareció afectarle bastante. De hecho, en el lugar de la cena familiar de Año Nuevo, recuerdo un incidente con unos niños que quemaban cuetes a los cuales un par de viejitos insultaron enérgicamente.
"¡Qué no pueden ver lo que acaba de pasar, chamaquitos pendejos! ¡Por sus pinches juguetes que truenan mucha gente está sufriendo, y todavía sus papás tienen el descaro de dejarlos salir a tronar cuetes a la calle!", espetaban.
Toda la cuadra callaba, en silencio, pero cada quien murmuraba algo que aparentaba estar de acuerdo con esta indignada pareja.
Horas después, lo más irónico de la noche: Estar a un par de casas de la familia Gutiérrez de Velasco, sobre Bulevar entre Martí y Washington, escuchando como ellos hacían explotar un par de cuetes que brillaban en el aire como flores verdes y azules.
El anfitrión de la fiesta, un amigo de mis padres, que se caracteriza por no tener pelos en la lengua, se atrevió a gritarle a la casa donde, seguramente, cenaba el entonces alcalde con su familia: "¿Están viendo que llueve y no se hincan? ¿Qué tal su cena?".
No obtuvo respuesta de la casa cercana, pero sí dejaron de tronar explosivos.
TRES AÑOS DESPUÉS.
Veracruz parece haber superado estos tristes hechos, sin embargo, todavía es difícil de olvidar para la gente que vivió la sangre, el humo y el dolor, quienes prefieren no mencionar el tema, esperando que, como un fantasma, se aleje si no es mencionado.
Una señora que vende pollos en un puesto del mercado Hidalgo que tiene vista a la esquina de Hidalgo y Juan Soto, conocida como la "zona cero", cambió su rostro cuando traté de tocar el tema de las explosiones.
"No joven, para qué viene usted a hablarnos de estas cosas tristes, lo menos que queremos es platicar sobre eso, desearíamos que jamás hubiera pasado".
Un familiar de la vendedora de pollos, visiblemente molesto, añadió: "No tiene usted porqué venir aquí a recordarnos esto. Nadie de ustedes (los medios) tiene idea de lo que vimos ese día. Si quieren refrescarse la memoria, vean en los archivos noticiosos y déjenos en paz".
Otro vendedor de jugos que está sobre la calle Juan Soto dijo tener más suerte.
"Ese día lo recuerdo bien, perdimos a muchos amigos, yo cerré media hora antes de las explosiones y salvamos todo de milagro, sin embargo, no pudimos abrir por espacio de tres días porque no dejaron acercarnos".
Alejandro Noriega, vendedor de piña, dijo que varios medios ya habían pasado por su puesto, buscando la nota dolorosa, escandalosa.
"La verdad joven, es que aquí todos saben que pasó pero nadie lo quiere platicar, muchos tenemos miedo y otros más estamos muy dolidos por lo que pasó, sería mejor respetar esta decisión y dejar que esto quede en el pasado".
Esto mismo opina doña Lola, una señora muy amable que perdió su local de quesos durante los incendios del 31 de Diciembre del 2002.
Como a doña Lola, muchos de los locatarios que estaban ubicados sobre la calle Juan Soto fueron desplazadas hacia el callejón Cuatro Ciénegas, puesto que perdieron toda su mercancía y sus puestos a causa del intenso fuego.
Ofelia Castellanos perdió familia también. Sin embargo, con una aparente calma accedió a intercambiar unas palabras más que el resto de los locatarios, visiblemente intimidados por la presencia de cámaras y reporteros camuflajeados en la zona.
"Lo único que puedo decir es que a todos nos dolió bastante, porque todos nos conocemos y volver a empezar de cero cuando no se tiene mucho no es tan fácil, mire usted a todos y se dará cuenta".
Y es que entre la aglomeración y las compras decembrinas, al visitar el mercado uno sabe que ya no se siente lo mismo, ese olor a Veracruz que antes se palpaba en el calor de la gente conlleva un recuerdo triste, de algo que no se dice porque duele, pero esta ahí, en forma de una cruz maltrecha y una placa de mármol sobre la avenida Hidalgo.
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Tuesday, February 14, 2006
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