Monday, February 05, 2007

Alvarado 05

La última cosa que pensaba antes de entrar al agua, antes de caer, era nunca haberse subido ahí.

Primero, como toda mala noticia, llegó intempestivo cuando cerraba los ojos. El recorrido lo había realizado mil veces en su vida, cruzar el río para comprar cosas, pagar deudas, visitar gente, trabajar.
No se dio cuenta cuando el chofer perdió la razón. Cuando abrió los ojos -le gustaba el asiento con ventanilla, sea cual sea el viaje, siempre lo pidió-, era demasiado tarde como para haber cambiado en demasía la situación fatal en la que se encontraba.

Es en esos momentos donde se suele reflexionar, inútilmente, sobre lo frágiles y dependientes que los seres humanos son, el uno del otro.

Tras sentir cómo el autobús caía 50 metros abajo del puente, la última cosa que pudo olvidar es el pensamiento, la acción de porqué haber tomado ese camión cuando lo pudo haber tomado minutos antes.

Ahora, recuerda mientras el agua se filtra por los desvencijados agujeros del destartalado autobús, ya nada importa porque de todas maneras gritar es inútil. Una pérdida de tiempo y esfuerzo.

Sólo podría pensar qué era mejor, si nadar inútilmente para tratar de abrir alguna de las ventanillas para poder liberarse, mientras el agua con olor a gasolina y diesel filtraba la confusión hacia abajo.

Cada vez más con el agua al cuello, sólo un último respiro y una frase que quizás nadie sepa que se dijo.

Del otro lado del puente, Nicolasa miraba con horror como el camión se hundía lentamente. Según su estimación tardó más de 45 minutos hasta que las luces se apagaron.

Esa noche, entre sirenas, ruido de motores y torretas, deseó no dormir en ese lugar, al menos por esa noche. Odió vivir junto al río, a pesar de que antes de enviudar prematuramente el río fue su único consuelo. Esa noche trató, sin éxito, de imaginarse en algún frívolo departamento como los de las series B de las dos de la mañana.

Al otro día visitó la plaza municipal. Los cadáveres estaban al centro, en una plaza fría, rodeada de gente que rezaba compulsivamente padresnuestros y avesmarías.

Los ojos, desorbitados, fríos, no rodeaban la expresión. Un par de niños levantaron uno de los ataúdes para ver la cara del cadáver, la cual en vez de darles miedo les dio una especia de risa malsana, como si fuera de lo más normal. Tras los rezos, la representación de la autoridad gubernamental llegó al lugar del siniestro, repartiendo sonrisas, promesas y explicaciones. Un minuto de silencio, lágrimas y acongojo.

Media hora después la sala estaba vacía. La ceremonia protocolaria había finalizado y cada deudo llevó el cadaver a su domicilio.

Horas después, Nicolasa miraba el río café, mientras un viento violento le pegaba en el rebozo. Imaginó la imagen del grito, qué pudo haber sido lo último que pensaba aquella joven que se precipitó al vacío sólo por tomar el autobús equivocado y en un momento cayó en cuenta de lo fútil que puede ser la observación humana a través de supuestos procesos autorreflexivos.

Sí, después de 20 años de buscar una respuesta, la encontró a través de un hecho fortuito.

De nada le sirvió ahorrar pensiones si hasta ese momento se subiría a un autobús equivocado.

Suerte, fatalidad o causalidad, es el destino que a uno le toca enfrentar pero a veces no se puede ser un espectador frívolo de por vida, tomar partes implica riesgos y tomar autobuses no siempre quiere decir que vayan a estrellarse o hundirse en la riviera.

Al día siguiente, decidió vender sus propiedades y se le vió por última vez -según cuentan los vecinos- tomando un taxi a la central de autobuses.