Hemos sido condicionados a creer en la caducidad de las cosas. A no vulnerarnos, a no mostrarnos, como realmente somos. A poner nuestro verdadero 'yo' en el lugar más recóndito de nuestra personalidad, como si se tratase del trofeo que tiene que atrapar Indiana Jones, tras pasar una serie de trampas y periplos. Estamos descartando nuestro futuro desde el momento en el que lo vemos en el presente. Tenemos miedo de actuar en base a lo que nos exigen nuestras emociones, miedo de pensar en cómo expresar lo que realmente somos, de alcanzar nuestro potencial, por lo cual muchos seguimos postergando nuestras habilidades y talentos. Y por ende, en el proceso quedamos cansados, exhaustos de ocultarnos ante todo y ante todos, postergando todo 'para un mejor momento' que tal vez nunca será adecuado o como nosotros lo idealizamos. Porque pensamos que si actuamos, podríamos quedarnos solos.
Tal vez sea una cuestión generacional, de cultura o de conciencia.
Fuimos la generación que creció con expectativas muy difíciles de satisfacer, que pensó que los ídolos y los modelos establecidos eran para siempre y que pensó que el mundo había cambiado lo suficiente y que ya nada más nos podría impresionar. Qué errados estábamos.
Crecimos entre una cultura que disfruta el cinismo, la ironía, el cuestionamiento y eliminación sistemática de nuestras expectativas como colectividad. La otra opción es vivir en la bendición de la ignorancia, lo cual nos haría inocentes, idealistas y que automáticamente nos eliminaría del otro grupo.
Nos enseñamos (y nos enseñaron) que la gente que dice todo lo que piensa, está mal de su cordura. Que quienes sueñan de día están locos. Que quienes tienen aspiraciones, motivaciones o ideales diferentes a la mayoría son parias. Que no está bien ser diferente. Que todos podemos ser distintos mientras estemos dentro de un molde. Que si dices todo lo que sientes te vas a quedar solo. Por eso, mejor no lo digas, piénsalo si quieres, pero no lo digas. Y sé cordial. Y no cuestiones nada. Y respeta para que te respeten. Y el buen juez por su casa empieza.
Por eso muchos de nosotros vivimos en entuertos mentales constantemente, como ese mítico laberinto de la soledad, donde nuestra vitalidad podía hacer la diferencia entre el imperio de los agachados contra el imperio de los chingones, donde muchas veces no sabemos dónde está nuestro lugar, aunque el lugar donde mejor estemos sea donde estamos parados en ese momento.
Sin embargo, es bueno pensar que siempre se puede cambiar.
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