Monday, June 07, 2004

Veracruz Puerco: Más Bello que nunca

De veras, antes que todo quiero decir, que amo a este malogrado puerto de Veracruz. He vivido toda mi vida aquí, desde que me trajeron del contaminado DF que atentaba contra mis pulmones de niño pre-asmático de 4 años. Claro que antes lo veía todo con ojos de niño. Veracas era un lugar maravilloso, los carnavales eran felices, no habían grandes centros comerciales ni anuncios espectaculares grandes. Era como un rancho grandote, donde todo el mundo, de alguna manera, no traspasaba los tres grados de separación del total de seis que supuestamente separan a una persona de conocer a otra directamente.

Con el tiempo, hubo cambio de estafeta en el poder (del corrupto gobierno del priísta Efrén Lopez Meza pasó a gobernar Roberto Bueno, un músico que no sabía ni madres pero que tenía muchas ganas y buenas intenciones), y se empezó a modernizar la ciudad. Se instaló formalmente la conurbación entre Veracruz y Boca del Río, prácticamente en uno mismo. Los carnavales eran desmadrosos pero aún conservaban la chispa de antaño, empezaban a surgir los centros comerciales grandes y equipados. Era algo así como "the next big thing", hasta en el Contenido salió un artículo acerca del crecimiento tan sorprendente de la ciudad.

Ahora plantearé cómo está la cosa, 10 años después.

Veracruz (entiéndase como toda la zona conurbada) está real e irremediablemente prostituído. Estamos rodeados de Carl´s JR´s, el boulevard se parece más a la calle principal de Cancún en versión kitsch, con sus hoteles no tan grandes, pero eso sí, caros a más no poder. Ahora la gente no puede entrar a la playa en sus autos. Si rompes una regla, o cometes una infracción, te cuesta un ojo de la cara (de 2000 para arriba, sin contar los sobornos). Un lugar en el carnaval te cuesta 50 pesos o 100 en el desfile más chido (y ni pienses que lo podrás ver de a gratis, tontín). Nacho Gómez fue el rey (gay) del último Carnaval. Un héroe salva varias vidas en la tragedia del 31 de Diciembre hace dos años y nadie le puede pagar ni el entierro. La policía intermunicipal es el cuerpo elite de sacaborrachos y levanta putas más caro del estado, mientras a la puerta de mi casa roban autoestéreos con una facilidad aterradora (más aterrador, vivo a tres cuadras de la agencia del MP, sobre la misma calle). El agua de la playa huele a pescado mal pasado, y en otras ocasiones, a caca (aplausos para el que puso una planta de tratamiento de aguas cerca de una playa, afortunadamente los peces no pueden hablar). Los centros comerciales son cada vez más grandes y compiten con cualquiera de Mc Allen o Brownsville, un monumento al esnobismo que representa la cada vez más acentuada doble moral de los jarochitos caras de pito, toda esa gente bien que tiene dos revistas solo para ellos, mientras que nosotros, la gente mal (me considero gente mal), no tenemos ninguna.

Aclaro, no soy globalifóbico, ni globalifílico, ni estoy dentro de ninguna de esas tendencias. Ni siquiera me considero escritor, ni artista. Solo soy jarocho. Me molesta ver mi ciudad, en la que crecí, tan madreada, avejentada y con un nivel tan alto de insensibilidad y brutez. Pero aún así, no la cambiaría por nada. Aquí me tocó estar.

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